Está de moda predecir el futuro. Unos lo hacen mediante bolas de cristal y otros mediante rankings. Las carreras más solicitadas, las que tienen más salidas, las que van a conseguir una tasa de empleabilidad mayor dentro de no se sabe cuántos años.

¿Te imaginas que todas nuestras decisiones las tomáramos según la probabilidad de un suceso futuro?
Elegir entre un chuletón y el nutritivo plato de guisantes sería una cuestión complicada. Así como decidir si esquiar o realizar ejercicios menos arriesgados en un sótano de Lavapiés.

Lo cierto es que el gusto tiene un punto mágico que no conseguimos explicar del todo. Tenemos un color preferido, una canción que expresa nuestros sentimientos a la perfección, una ilustración que necesitamos poner en nuestro fondo de pantalla.

Y algo así es lo que sucede con las carreras de letras. Cuando me preguntan que por qué estudio filosofía me gustaría contestar ‘porque me gusta’. Levantarme. E irme. Pero ya no es posible. Ahora hay que estudiar las carreras que tienen más salidas profesionales. Porque es más importante tener un trabajo que disfrutar en un trabajo.

Cuando necesito contar al mundo por qué estudio una carrera que aparentemente no tiene salidas siempre recurro al milagro del filósofo que encontró trabajo.

Cuenta la historia que el filósofo, dos meses después de acabar la carrera, se dio cuenta de que no tenía trabajo. Y comenzó a buscar.

En su primera entrevista le preguntaron por su experiencia laboral. Y no pudo contar mucho.

En la segunda indagaron en sus aptitudes. Y echaron en falta algún conocimiento adicional.

En la tercera se decidieron por otro candidato que tenía mejor presencia.

Y en la cuarta, el filósofo tomó las riendas. Y le explicó al entrevistador por qué había estudiado la carrera de filosofía:

“He estudiado filosofía porque antes de cambiar el mundo necesitaba entenderlo. Y cuando lo entendí decidí entenderme a mí mismo. Y a los demás. Y, después, de nuevo al mundo.

Quizá no sea un experto en psicología, pero ahora sé cómo hay que tratar a la gente. No tengo experiencia para dirigir a la gente, pero sé perfectamente qué nos motiva. Y cómo conseguir que un proyecto sea apasionante. Me faltan conocimientos técnicos, claro. Pero mi forma de pensar se ha abierto de tal modo que me cuesta mucho menos aprender nuevas cosas.

Es posible que no existan puestos específicos en su empresa para un filósofo, pero dígame qué carrera hay que estudiar para ser un buen jefe. O para conseguir que una empresa crezca teniendo en cuenta su papel en la sociedad. O para aparecer mencionado en los libros de historia”.

Quizá Google ya se haya dado cuenta de que los que hemos estudiado letras estamos hechos de otra pasta. Y por eso quiere contratarnos. O quizá el milagro del filósofo que encontró trabajo sea una historia real que pocos se han atrevido a contar.

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