Parece que después de Sócrates, Platón y Aristóteles, no ha existido nadie más. La filosofía es cosa de la antigua Grecia. Hoy no encontramos a barbudos vestidos de túnica que se paseen por las calles con gesto ceñudo, ni a tipos que vivan en contenedores de basura por decisión propia. Por eso no es raro que muchos pregunten para qué sirve la filosofía y si todavía quedan filósofos.

Pues sí, todavía quedan filósofos. No llevan túnicas, tampoco barba (¿qué pasaría entonces con las filósofas?), y no necesariamente entonan proclamas en las plazas públicas (aunque no estaría mal que lo hicieran). Más bien, visten vaqueros, blusa y americana. Un fular. Conducen coches. Tienen un móvil. Respiran. Comen. (¿Comen?).

Una vez al año, se reúnen en el pueblo asturiano de Ribadesella, en la línea que separa el mar de la tierra, y hablan en filosófico. El diccionario apropiado para entenderlos son las obras de René Girard, Immanuel Kant, Aristóteles y Martin Heidegger. Equipamiento básico. Hablar de filosofía hoy no es tan sencillo como hacerse preguntas sobre el bien y la verdad. O más bien, sí, es tan sencillo. Pero acumulamos tantas líneas, discursos y pensamientos a las espaldas, que otros han formulado, que es necesario repasarlas antes de abrir la boca. La conversación empezó hace casi veinticinco siglos. Por eso hay que tener memoria, para no perder el hilo.

Treinta filósofos se reúnen a finales de junio junto al mar. También algún escritor y profesores de literatura. Los hay de Navarra, Madrid, Barcelona, Sevilla, Múnich, Colombia, México. Algunos con canas, otros con camisetas de música. Los hay de todas las edades. En el hotel ya los conocen. “Son los filósofos -susurra la recepcionista, en tono esotérico-. Vienen todos los años. Se encierran en esa sala y solo salen para comer. Dios sabe qué harán allí dentro”. Pues hablar. En eso consiste la filosofía. En hablar. Uno puede encerrarse en las bibliotecas, puede investigar, puede escribir papers académicos. Pero al final, la filosofía sigue siendo lo que siempre ha sido: un diálogo entre amigos.

La Asociación de Filosofía y Ciencia Contemporánea lleva dialogando seis años consecutivos, en torno a vasos de sidra, libros de Hans Georg Gadamer y una espicha asturiana al anochecer. Organiza simposios donde los filósofos se expresan con libertad. De fondo, el arrullo del mar, el oleaje que no cesa y un faro. El tema escogido para el simposio de este año, Secularización y re-significación de lo sagrado. Perspectivas contemporáneas, ha dado mucho que hablar. Entre los ponentes, han participado el eminente filósofo español Alejandro Llano y Ramón Rodríguez, de la Universidad Complutense de Madrid.

No han hecho más que llegar, cuando un apellido aflora en las conversaciones: “Girard”. Alguien lo pronuncia al bajarse del coche. Más tarde, se vuelve a escuchar en la cafetería. René Girard, el filósofo y literato recientemente fallecido, se está haciendo cada vez más famoso. Su teoría mimética y del chivo expiatorio se vuelve el centro de las discusiones. Para Girard, la sociedad se funda a partir de la condena de un inocente. Un individuo se convierte en chivo expiatorio de todas las frustraciones y resentimientos sociales. Ese individuo muere y, a continuación, es convertido en objeto de narraciones, poemas y mitologías. La literatura esconde ese acto pérfido inicial, ese asesinato. La sociedad aniquila al chivo expiatorio porque necesita un mito acerca de él. (Algo similar ocurre con Michael Jackson, David Bowie o Amy Whinehouse: necesitamos su muerte para convertirlos en mitos. Solo fuera de la tierra pueden convertirse en estrellas). Para Girard, en el origen de toda sociedad se encuentra un acto de violencia. Y después, esa violencia se transforma en mito encubridor.

Mientras los filósofos almuerzan al borde del mar, la conversación sobre Girard prosigue. Vicente de Haro, filósofo de la Universidad Panamericana de México, pide una botella de gaseosa. Su ponencia ha tratado de la deconstrucción de lo sagrado en René Girard. Entre el tintineo de los tenedores, sus compañeros le escuchan. De vez en cuando, surge algún latinajo, una frase en francés, un Bedeutung.

-¿Cogitas?
Cogito.

Quienes se han especializado en lo mismo se sonríen. Para Girard, el racionalismo se equivoca al despreciar lo sagrado. Al ignorar lo sagrado, ignora también el fundamento de toda sociedad. En el inicio de toda comunidad hay un acto de violencia contra alguien, un hipotético culpable, una víctima. Ese acto de violencia inconfesable se esconde en los mitos fundacionales. En Rómulo y Remo, en Eneas, en Adán y Eva, en Poseidón y Atenea, a los que después se recubre con la pátina de lo sagrado. Por tanto, ignorar lo sagrado es ignorar el fundamento de una sociedad. Así pensaba Girard, cuyas obras están adquiriendo cada vez más notoriedad en el diálogo filosófico.

De Haro explica entre cucharadas de un arroz demasiado caldoso. Sus colegas escuchan. Alguno replica, de vez en cuando, y trae a colación a Rousseau, a Kant. Marcela García, de la Universidad de Múnich, comenta una idea de Schelling. A su lado, Claudia Carbonell, de la Universidad de La Sabana, introduce ideas de Zizek, otro de los pensadores de los que tanto se habla últimamente. Nieves Acedo, por el contrario, pone la mirada en el arte y comenta la iconografía posthumanista de Marina Núñez. Cada uno aporta un matiz a la conversación. Al final, el resultado es un compendio de miradas, perspectivas, autores y gránulos diferentes, como el típico arroz con leche que se toma en Asturias. Distintos granos flotando en un mismo líquido: el filosófico.

Los días en Ribadesella son un exilio del mundo. Durante este tiempo, los amigos entran en una espiral de pensamiento y reflexión. Los comentarios del desayuno tienen que ver con la conversación de la noche anterior; la mañana se sucede entre teorías, alguien levanta la mano, suelta una risa. Con amigos se puede hacer algo así. Un paseo junto a la playa; recomendaciones de libros, bromas. Es lo bueno de los simposios: se crea una atmósfera de confianza y sinceridad, donde las ideas fluyen sin armaduras ni tácticas defensivas. Con amigos es con quien mejor se discute. Uno se atreve a decir lo que piensa y a plantear las críticas, sin temor a la batalla académica.

Por eso, quienes dudan que existan filósofos hoy en día, deberían poner la mirada en Ribadesella. A altas horas de la noche, junto al ruido de las olas, se oye el bisbiseo de una conversación. Un brindis. Una carcajada. “Son los filósofos”, repite la recepcionista. Nadie los molesta mientras hablan. Algunos los miran con respeto, casi con temor. La filosofía a veces parece tan fría, tan lejana entre tecnicismos e ideas abstractas. Pero al final se reduce a lo básico: un diálogo entre amigos, entre personas que son humanas, débiles y vulnerables. Únicamente, les gusta pensar, leer y debatir. En efecto, los filósofos existen. Visten vaqueros, blusa y americana. Se reúnen una vez al año en la costa asturiana. Y aunque nadie se lo crea, o no entienda cómo funciona el proceso, sus ideas son las manos que dan forma a nuestro mundo.

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