Héctor Zagal es filósofo por la Universidad Panamericana de México y la Universidad Nacional Autónoma de México, donde imparte clase actualmente. También es autor de novelas históricas como La cena del Bicentenario, Imperio, La venganza de Sor Juana, Gente como uno y La ciudad de los secretos, además de Gula y cultura, un compendio de ensayos sobre gastronomía. Decidimos sentarnos con él para hablar de filosofía, literatura y también de mangos, azúcar, verduras navarras y rancheras mejicanas.

 

El menú de Luis XIV era peor que la comida habitual de un ciudadano de hoy. ¿Cree que estamos en la edad de oro de la gastronomía?
Sin duda estamos en la edad de oro. La comida se ha abaratado. A mediados del siglo XIX, por ejemplo, el azúcar en Francia era caro. Hoy es barato, asequible a gran parte de la población. Lo mismo sucede con la sal y el café. Además, tenemos refrigeradores, carreteras y aviones. Un helado en verano era un artículo de lujo. Hoy podemos comerlo en cualquier esquina. En cualquier casa hay hielo y se puede conseguir pescado fresco, sacado del mar esta madrugada. ¿No es fantástico? Luis XIV probó las piñas y quedó encantado en ellas; ordenó que las cultivaran en los invernaderos de Versalles. Era un lujo regio. Actualmente podemos conseguir piñas frescas con relativa facilidad.

El riesgo es olvidar los tiempos naturales. Los mexicanos, por ejemplo, sabemos que las mejores naranjas son de diciembre y que los mangos más dulces son de julio. En Navarra percibí esa sensibilidad con las verduras: tiempo de espárragos, de cardos, de alcachofas. La naturaleza debe ser respetada; ella es la mejor cocinera. Solo ella es capaz de madurar perfectamente las uvas y las manzanas. Por otro lado, lo triste es que habiendo alimentos de sobra en el mundo, el hambre mate a millones de seres humanos al año, pero eso no es culpa de los cocineros.

Hay quienes interpretan este culto a la comida como un signo de la decadencia de nuestra civilización. ¿Qué opina?
Platón pensaba algo parecido. En el Gorgias califica a la gastronomía de pseudo terapia del cuerpo, de adulación del paladar, por contraposición a la medicina, que cuida de cuerpo proporcionándole lo conveniente, no lo sabroso. Distingamos, sin embargo, entre, el “culto” a la comida, que es hybris, desmesura, y el arte de la cocina. Un gourmet afirmó que los animales se nutren, mientras que el hombre come. Detrás de la satanización de la gastronomía, huelo un tufillo de puritanismo, de maniqueísmo. Comer es un placer natural, indispensable para la vida. ¿Qué hay de malo en refinar esa actividad a través del arte?

El filósofo René Girard dedica un libro entero, La anorexia y el deseo mimético, a explicar este desorden alimenticio. Según él, se trata de un síntoma de lo espeluznante de nuestra cultura. ¿No cree que a veces la gastronomía fomenta esta obsesión?
¡Al contrario! En todo caso, la gastronomía fomenta el colesterol… La mayoría de los psiquiatras coinciden en que la moda, con esas tallas cero, esa esbeltez enfermiza, es un catalizador de los desórdenes alimenticios.

¿Todo filósofo es, en el fondo, un triste? Schopenhauer pensaba que la raíz de todo era el sufrimiento. Kant no era alguien con quien irse a tomar una cerveza. Casi nadie pasaría el fin de semana con Nietzsche, bajo riesgo de tragedia.
Y para engrosar la lista, podemos añadir en este catálogo de filósofos tristes a Aristóteles, quien seguramente padecía algún tipo de problema gástrico, posiblemente úlcera. La filosofía es una actitud ante el mundo y ante la vida: preguntar, inquietar, cuestionar. Esta actitud crítica suele darse en personas reflexivas, proclives a la introspección. En ese sentido, y solo en ese sentido, la filosofía no es risueña. La actitud crítica tiene habitualmente un deje de mal humor. El filósofo es un inconformista del pensamiento y por eso no está a sus anchas en el mundo.

letras-destacados_LPero evitemos las generalizaciones. Sócrates, por ejemplo, era un parlanchín y un bebedor. Platón tampoco se queda atrás; siempre me lo imagino como una especie de playboy de la filosofía, un aristócrata. ¿Y qué me dices de Russell? Mujeriego y fiestero. Heidegger, por lo que sabemos, también era un mujeriego. Leibniz era también un tipo encantador, con carisma, un caballero.

En su carrera académica, se ha especializado en Aristóteles. ¿Qué puede aportarnos hoy la filosofía antigua?
El valor del autoconocimiento, de la amistad y del aprendizaje en comunidad. Estos tres temas son claves en la filosofía práctica antigua. Además, los antiguos nos enseñan a temer la hybris, arrogancia y desmesura, que son dos actitudes típicamente posmodernas.

Además de filósofo, usted es escritor de novelas. ¿Qué aporta la literatura a la filosofía?
La filosofía aspira a la precisión, al argumento contundente. La literatura, en cambio, se regodea en la ambigüedad, en las historias abiertas, en los indicios, en la metáfora. La filosofía tienen pretensiones científicas; la literatura se regodea en la ficción y el espejismo. Para ser creativos en filosofía, viene bien una pequeña dosis de literatura.

letras-destacados_L_02¿La filosofía y la literatura son enemigas?
Muchos filósofos confunden el rigor académico con el rigor mortis en sus papers. La filosofía necesita refrescar sus géneros. Me temo que la fiebre de los journals científicos está alejando a la filosofía del ensayo. El resultado está a la vista: textos inhóspitos, artículos áridos, aburridos, escritos con torpeza. Pienso que no le vendría mal a los árbitros de algunas revistas filosóficas un taller de creación literaria. La filosofía no es una ciencia dura y por eso no debe imitar el modelo de los géneros de las ciencias naturales. Los filósofos deberían aprender a escribir no solo con claridad, sino también con elegancia.

¿Qué es para usted la literatura: entretenimiento, retrato social, crítica política, arte?
Escribo narrativa porque me permite expresar mis emociones, mis pasiones, mis miedos, mis defectos. Es una catarsis. Escribo para conocerme a mí mismo, escribo porque me gusta, porque me divierte. Hay personas que se divierten jugando futbol. ¡Pues yo me divierto escribiendo novelas! Además, he descubierto en la novela un instrumento para practicar la crítica social en mi país. México es un país clasista, racista, donde los poderosos y ricos viven de espaldas a la inmensa mayoría que vive en la miseria. La narrativa me ha permitido criticar a esa élite en su cara y, al mismo tiempo, dirigirme a quienes padecen esa opresión para animarlos a cambiar México. Pero sobre todo, escribo porque necesito escribir. En realidad, estudié filosofía con la meta de llegar a la narrativa. Mis padres, mis amigos y mis colegas lo saben. El camino ha sido largo, pero al final estoy cumpliendo uno de mis objetivos profesionales: escribir.

En una de sus novelas, La venganza de Sor Juana, eligió el pseudónimo de su hermana, Mónica Zagal, para demostrar que los hombres también pueden escribir novelas femeninas. Pero, ¿qué entiende usted por literatura femenina? ¿Cree que los hombres y las mujeres escriben de manera diferente?
Se trataba de una provocación. Quería saber si alguien advertía que el texto había sido escrito por un varón. Solo un amigo se dio cuenta. Eso muestra que, al menos en ese caso, la escritura del varón no es enteramente distinta de la escritura por mujeres ¿Literatura femenina? Es un término ambiguo. Por un lado, está la literatura escrita por mujeres que refleja la condición femenina. Por otro, está la literatura que, sea escrita por varón o mujer, habla de la condición femenina. Madame Bovary, por ejemplo, es literatura femenina escrita por un varón.

letras-destacados_EEn La cena del Bicentenario, reúne a los héroes mexicanos en torno a una mesa. Y rompe el discurso oficial para tratar con humor irónico a estos venerados héroes. ¿Considera que la labor del intelectual pasa por oponerse o ser obstáculo del poder?
El poder es autocomplaciente y tiende a concentrar más poder. El intelectual lo advierte y previene sobre los riegos de un poder ilimitado. Pero, sobre todo, el intelectual sabe que el mundo puede ser mejor. Por eso no debe conformarse con el estado actual de las cosas.

En Gente como uno, vuelve a mirar a la sociedad mexicana. Pero esta vez, en lugar de echar la vista al pasado, escribe sobre una familia de nuestros días. ¿Cuál cree que son los principales lastres de la sociedad mexicana?
Racismo y corrupción. Contra lo que algunos suponen, los mexicanos trabajan mucho. El mexicano promedio trabaja 12 horas al día y las clases menos afortunadas trabajan mucho más. ¿Y por qué es un país pobre? Porque la corrupción, el desprecio por la ley, permea todas las actividades y niveles sociales. La corrupción empobrece, especialmente al más pobre.

En su última novela, La ciudad de los secretos, se mete en la piel del presidente de México y trata de salvar al país de una crisis internacional. ¿Cuál cree que es el papel de México en el mundo?
México es una de las 20 economías más grandes del mundo. Durante años, México jugó un papel de mediador entre el comunismo y el capitalismo. Basta recordar cómo recibió republicanos españoles al tiempo que mantenía buenas relaciones con EEUU. Este equilibrio se replicó en el caso de la Cuba de Castro: México no rompió con La Habana a pesar de las presiones de EEUU. Lamentablemente, desde hace veinte años, México se ha alineado por completo con EEUU. El papel de México era servir de tenue contrapeso a EEUU en Latinoamérica. Hoy, México ha dejado de mirar hacia Centroamérica y Sudamérica para mirar, sobre todo, hacia EEUU.

¿Cómo decidió estudiar filosofía?
En la secundaria, es decir un año antes de ingresar al bachillerato, dudaba entre estudiar arqueología, historia, letras clásicas o filosofía. No estudié arqueología porque en México, se practica en las selvas o en los desiertos y yo no soy un hombre que disfrute del campo. Deseché letras clásica, porque me acotaba demasiado. Titubeé mucho más con historia, pero al final advertí que la filosofía me permitiría afilar el pensamiento y leer a autores que estaban en boga por aquel entonces, como Sartre y Camus. La filosofía me llevaría, tarde o temprano, a la literatura.

¿Cómo era usted de pequeño? ¿Ya se interesaba por la cultura?
Nunca fui deportista. Eso marca la infancia y la adolescencia. En mi casa siempre hubo libros. Mi padre era amante de las letras francesas. Mi madre es entusiasta de la narrativa latinoamericana. En la mesa se hablaba de literatura, de política, de arte. Mi padre, aunque practicaba deportes con intensidad, nunca veía deportes, ni siquiera fútbol. Ese ambiente fue decisivo para mí.

¿Tiene algún otro hobby no intelectual?
Visitar restaurantes nuevos, ver películas de terror, caminar por la playa. A la menor provocación, me escapo al mar.

Despidámonos con una pequeña confesión. ¿Qué es lo que más odia en el mundo?
Las mañanas frías de invierno en Pamplona, la música ranchera mexicana y llenar formularios burocráticos. Una pequeña precisión sobre la música: me gusta casi toda la música mexicana, los huapangos, los sones jarochos, las marimbas. El problema es que lo único que se conoce en el extranjero son las canciones rancheras de borracheras y desamores.

Muchas gracias por su tiempo, profesor Zagal. Ha sido un placer hablar con usted.

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