Nadie esperaba que aquel muchacho escuálido, de pelo escaso y mirada penetrante se convirtiese en el magnífico escritor que dominaría las letras alemanas, Hermann Hesse, Premio Nobel de Literatura hace exactamente 70 años. Nació un 2 de julio en Cawl, una pequeña ciudad de la Selva Negra alemana. Su espíritu se encarnó en un niño silencioso y de trato difícil, que no dejaba de pelearse con su familia.

Sus padres poseían una editorial de libros cristianos. Desesperados con su conducta, lo enviaron al seminario evangélico de Maulbronn, con la esperanza de que se convirtiese en sacerdote. Desde el principio, Hermann había dado muestras de poseer un fuerte carácter; una forma de rebeldía ante la rigurosa educación que había recibido en casa, quizás. Al constatar que el seminario le prohibía estudiar poesía, Hermann tomó la decisión de abandonarlo. “¡Seré poeta o no seré!”, gritó. Y declaró la guerra a sus padres. Ellos querían domarle. Él se quitaba las bridas, la montura, las espuelas y corría al bosque como un caballo salvaje. En El lobo estepario, Hesse describe a su protagonista como alguien “demasiado exigente y hambriento, a quien el mundo rechazaba por tener una dimensión de más”.

El rechazo llegó hasta tal punto, que a los 15 años Hesse cayó en depresión. Mientras otros chicos jugaban en la calle, él iba camino del manicomio. Las peleas con sus padres se habían vuelto demasiado violentas. El joven Hermann se acaloraba, perdía unos nervios ya de por sí excitables y después caía en un profundo estado de introversión. Tras uno de aquellos accesos, intentó suicidarse. Fue entonces cuando sus padres lo enviaron al sanatorio de Stetten im Remstal y, más adelante, a un centro para niños problemáticos en Basilea. Durante su estancia en el sanatorio, Hermann experimentó con enorme intensidad el abandono, el rechazo social y el insalvable abismo que lo separaba de los demás. Desde ese profundo resentimiento, escribe una carta a su padre:

 

Estimado señor:
‘Padre’ es una palabra extraña, parece que yo no la entiendo. Debe designar a alguien a quien se puede amar y se ama, desde el corazón. ¡Cómo me gustaría tener una persona así! Ya podría usted darme un consejo… Sus relaciones conmigo parecen volverse cada vez más tensas (…) para mí usted, señor Hesse, tiene la culpa, puesto que me quitó la alegría de vivir. El ‘querido Hermann’ se ha convertido en otro, en alguien que odia el mundo, en un huérfano cuyos ‘padres’ viven. Nunca vuelva a escribir ‘Querido H.’, es una malvada mentira (…) Por cierto, desearía que ocasionalmente se acercase usted por aquí.

Carta de Hermann Hesse a su padre del 14 de septiembre de 1892, desde el hospital de Stetten

 

Cuando finalmente dejó atrás el manicomio, la relación con sus padres estaba destruida. Solo y sin dónde dormir, el joven Hesse decide marchar a Tubinga, un lugar de intercambio de ideas, ganas de aprender y explotar la juventud. Por aquel entonces, Tubinga era la ciudad con la media de edad más baja de toda Alemania. Los muchachos alemanes llegaban allí para estudiar y formar parte del debate cultural. Hesse también lo hacía, a su manera. En lugar de flotar sobre una nube de seguridad y confort económico, como el resto de estudiantes, él tenía que buscarse la vida. Probó suerte como mecánico en una fábrica de relojes. Pero el trabajo le horrorizó tanto que enseguida se encaminó al ámbito intelectual.

Encontró un puesto como aprendiz de librero en Heckenhauer, una librería local, y el oficio le apasionó. En Heckenhauer halló libros de filosofía, de teología, de literatura. Y a ellos se entregaba cuando terminaba su horario. Goethe, Lessing, Schiller y Novalis, los poetas románticos alemanes, fueron para él mejores amigos que los chicos de Cawl, o que incluso sus padres. “Con los libros tenía más y mejores relaciones”, escribió. Por primera vez en su vida, Hermann se sentía parte de algo.

Durante varios años, se dedicó a trabajar en librerías. En cuanto agotaba los libros de una, cambiaba a la librería de enfrente. Trabajaba por el día; estudiaba por la noche. El desenfrenado ritmo de lectura agudizaba sus migrañas, eternas compañeras desde el sanatorio de Stetten. El joven Hermann tenía una salud delicada y un sistema nervioso extremadamente sensible, que le asaltaba con dolores en cualquier parte del cuerpo. A pesar de todo, se encontraba satisfecho. Tenía un lugar donde dormir y donde escribir sus primeros textos; una soledad que “era fría, es cierto, pero también era tranquila, maravillosamente tranquila y grande, como el tranquilo espacio frío en el que se mueven las estrellas”.

Con todo, llegó un momento en que sintió la necesidad de abandonar su país. Alimentado por sus lecturas, empezó a acariciar la idea de marcharse lejos, lo más lejos posible. Su espíritu ansioso le impedía mantenerse en calma. Hermann se había sometido a una rigurosa disciplina de autoanálisis. Necesitaba saber quién era. Y aunque al principio los libros parecieron ser suficiente, al cabo de unos años comprendió que no. Quería más. Necesitaba más. “No encontraba ningún placer ni alegría en mí mismo”, confiesa. Había que salir. Pero, ¿dónde? Mientras leía libros de teología, se había sentido atraído por la idea de un Dios presente en las plantas, en los cielos, en los animales. Una especie de panteísmo, similar al de Schopenahuer, que se acercaba mucho al hinduismo oriental. De manera que ahorró para un ambicioso viaje a la India, al que le acompañaría su amigo, el pintor Hans Sturzenegger.

A bordo de un barco destartalado, recorrieron juntos Penang, Singapur, Sumatra, Borneo y Burma. Atracaron en Ceilán, donde Hermann visitó el santuario budista de Kandy y escaló la montaña más alta, en un intento por atisbar las costas de Malabar. Mientras subía por las laderas escarpadas, se sintió en el culmen de su ser. “El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El dios se llama Abraxas”.

La estancia en la India depositó en Hermann un firme convencimiento: las preguntas existenciales de Europa tenían respuesta en Oriente. Él, que en sus días como librero había leído a Buda y a Lao Tse, adoptó el hinduismo como modo de vida. El fruto de aquel viaje fue Siddhartha, la historia de un príncipe indio que abandona la riqueza para buscar el sentido de la existencia. Ese es, al final, el núcleo de su despliegue literario. Hesse siempre fue un buscador. Sus libros huelen a exotismo, a desafío y a oscuro deseo de verdad. Oscuro, sí, porque para Hesse la verdad es trágica, terrorífica, brutal. Esa oscuridad se respira en Demian, en El lobo estepario, en Peter Camenzind.

A los 69 años, ese chico perturbado de la Selva Negra alemana, ese que a los 15 años había ingresado en un manicomio, fue nombrado Premio Nobel de Literatura. Hermann recibió la noticia desde un balneario de Suiza, donde se reponía de sus problemas de salud. Sus primeras palabras fueron: “Que el diablo se lleve ese maldito asunto”. Y no se presentó a la ceremonia. Dejó al jurado de Estocolmo con el Nobel en la mano y una sonrisa de circunstancias. Sus amigos intentaron convencerle y, al final, Hermann accedió a enviar un breve discurso de agradecimiento. Mientras tenía lugar la entrega del Nobel, Hesse murmuraba a su amigo Gunter Böhmer: “Hoy hay jarana en Estocolmo, la ceremonia en memoria del Nobel. Después, un banquete donde se leerán unas palabras mías”.

Hesse no concedió importancia a este suceso, en apariencia tan importante en la vida de un escritor. Toda su vida buscó la verdad. Y al final de esa búsqueda tenía claro que el sentido no se encuentra en los galardones o los reconocimientos, sino en su propio arte. Esas palabras suyas, que se leyeron mientras se le concedía el Nobel, cayeron en el olvido. Las palabras que importaban, las que de verdad resonarían en las mentes de los europeos, fueron las de sus libros. Sangrientas, descarnadas, intempestivas. Esa es la verdad de Hermann Hesse. Pero cuidado con ella. Sus libros llevan una advertencia: “Entrada sólo para locos, cuesta la razón”.

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