Jaime Nubiola es profesor de Filosofía del lenguaje en la Universidad de Navarra, especialista en el filósofo estadounidense Charles Sanders Peirce, y autor del blog Filosofía para el siglo XXI. Hablamos con él acerca de su temprana vocación como filósofo y de su amor por la literatura.

 

Profesor Nubiola, cuéntenos. ¿Cómo llegó usted a interesarse por la filosofía?
Recuerdo con claridad la primera vez que quedé deslumbrado por la filosofía. Tenía 12 o 13 años y escuché a un profesor exponer en clase el argumento ontológico de san Anselmo en favor de la existencia de Dios: si pensamos en un ser mayor que el cual no puede pensarse ningún otro, ese ser ha de existir necesariamente, pues de no ser así podríamos pensar en otro ser que al existir fuera más perfecto. Hoy sé que el argumento no es válido porque siempre podemos pensar más, pero me cautivó la potencia de aquel razonamiento.

Después las lecturas filosóficas y, sobre todo, el ejemplo personal de mis maestros —me gusta mencionar a los profesores Mariano Artigas en Barcelona y Alejandro Llano en Valencia— decidieron mi vocación: “Yo quiero ser como estos”, me dije y me lo sigo diciendo cada día.

¿Cómo era el niño Jaime Nubiola?
Mi padre cuenta en sus memorias que yo “era un apasionado desde la más tierna infancia. Ponía todo su ímpetu en cualquier cosa que hiciera y siempre estaba atareado en algo. Le faltaba tiempo para jugar a todo cuanto quería con sus primos y por eso aprovechaba todos los minutos desde el momento de levantarse hasta la hora de acostarse. Un tío suyo decía que jugaba a destajo”. Yo pienso que era un niño muy normal, quizá con la peculiaridad de ser muy responsable en los encargos que se me hacían y la de tener una enorme afición a leer. Quizá por esto mi madre solía decir en broma que de pequeño me había tragado un viejo.

¿Sus padres le apoyaron para estudiar lo que quería?
Aunque a mi padre le hubiera gustado que hiciera la carrera de Derecho, siempre me dejaron en total libertad. De hecho, además de Filosofía y Letras, estudié primero de Derecho en la Universidad de Barcelona y primero de Periodismo en la Escuela Oficial también en Barcelona, pero dejé ambas carreras cuando me decidí del todo por la filosofía.

¿Qué cree que aporta la filosofía, que no aporta ninguna otra rama del saber?
Con frecuencia me gusta recordar aquella definición de la filosofía formulada por Robert Spaemann como la conversación prolongada en el tiempo acerca de las cuestiones últimas. La filosofía es una formidable conversación: no es —no puede ser— un mero ejercicio académico, sino un instrumento para la progresiva reconstrucción crítica y razonable de la práctica cotidiana, del vivir. La filosofía es siempre teoría que ilumina la vida, luz que posibilita nuestro caminar hacia la salida de la caverna.

letras-destacados_01En un mundo en que la vida diaria se encuentra a menudo alejada por completo del examen inteligente de uno mismo, una filosofía que se aparte de los genuinos problemas humanos —tal como ha hecho buena parte de la filosofía moderna— es un lujo que no podemos permitirnos. “Hoy —escribía Thoreau en 1854— hay profesores de filosofía, pero no filósofos. Y sin embargo es admirable enseñarla porque en un tiempo no lo fue menos vivirla. […] El filósofo va por delante de su época incluso en su forma de vivir”. Lo mismo pienso yo.

Tal como veo yo las cosas, una vida genuinamente intelectual —más aún, la de quienes nos dedicamos a la filosofía— ha de intentar articularse unitariamente entre dos polos: por una parte el estudio, el rigor, la lógica y la erudición, y, por otra parte, el interés humano, lo vital. Para ser filósofo y hacer filosofía en el siglo XXI es indispensable empeñarse en articular unitariamente pensamiento y vida. En nuestra vida como filósofos y, a la vez, profesores de filosofía, tenemos que integrar en un único campo de actividad aquellos dos conceptos kantianos de la filosofía, como Schulbegriff (filosofía académica) y Weltbegriff (filosofía vital o mundana). Aprendí de Hilary Putnam que una filosofía viva —al igual que un campo magnético— se alimenta precisamente de la tensión entre esos dos polos: hemos de prestar atención, por un lado, a la erudición, a la publicación de trabajos en revistas especializadas, pero, por otro, hemos de escuchar también los gritos de la humanidad y tratar de ayudar a nuestros iguales con soluciones inteligentes, participando personalmente en los debates actuales. Por supuesto, hay una tensión entre ambos polos, pero esta tensión es la que hace que salte la chispa que enciende y da luz y calor.

¿Por qué la filosofía es importante hoy en día?
En estos últimos años he citado muchas veces la famosa afirmación de Husserl de que quienes nos dedicamos a cultivar el pensamiento somos los “funcionarios —los servidores— de la humanidad”: tenemos como misión propia el mantener vivos la libertad de espíritu, el afán por la justicia y la paz, el cultivo de las ansias de comprender que albergan los corazones humanos.

Tal como veo yo las cosas, aunque para quien tiene el poder resulta muy cómodo mantener una radical separación entre ciencia y valores, entre la verdad y la voluntad, mantener un desgarro así entre lo fáctico y lo normativo resulta a la postre insoportable. Los seres humanos anhelamos una razonable integración de las diversas facetas de las cosas y quizá sobre todo de los diversos aspectos de nuestro vivir, mientras que la contradicción flagrante desquicia nuestra razón, hace saltar las bisagras de nuestros razonamientos y, finalmente, bloquea el diálogo y la comunicación.

Por eso, me parece importantísimo recuperar el lugar de la verdad tanto en nuestra vida como en el debate público. Precisamente, la intuición central de John Dewey, el filósofo de la educación democrática, es que las cuestiones éticas y sociales no han de quedar sustraídas a la razón humana para ser transferidas a instancias religiosas o a otras autoridades. La aplicación de la inteligencia a los problemas morales y sociales es en sí misma una obligación moral. La misma razón humana que con tanto éxito se ha aplicado a las más diversas ramas científicas se ha de aplicar también a arrojar luz sobre la mejor manera de organizar la convivencia social.

letras-destacados_02Me gusta recordar las palabras finales de la famosa conferencia de Husserl en Viena el 10 de mayo de 1935, “la crisis de la existencia europea solo tiene dos salidas: la decadencia de Europa, alienada de su propio sentido racional de la vida, [con la consiguiente] caída en el odio del espíritu y la barbarie, o el renacimiento de Europa desde el espíritu de la filosofía mediante un heroísmo de la razón que supere definitivamente el naturalismo”. Han pasado ochenta años desde aquellas memorables palabras. Europa atravesó la penosa experiencia de una terrible nueva guerra mundial y el horror del Holocausto. Sin embargo, son bastantes los elementos que llevan a pensar que la avanzada sociedad occidental sigue hoy en aquella peligrosa situación, caracterizada por una radical desconfianza hacia la razón libre, el pensamiento independiente y, por supuesto, el desprecio hacia las humanidades en general.

Esto se traduce en multitud de elementos que afectan a la educación en todos sus niveles: desde la eliminación en los sistemas educativos de aquello que John Henry Newman llamó la liberal education hasta el predominio de las “habilidades” y “competencias” utilitaristas y prácticas en lugar de la lectura, el estudio y la reflexión que siempre caracterizaron a los verdaderamente sabios. Muchas veces pienso que quienes hoy en día cultivamos las humanidades nos asemejamos cada vez más a los monjes del medievo rodeados de una barbarie agresiva que ignora casi por completo la cultura, tal como preconizan tantas novelas de ciencia-ficción.

No importa que esto sea así. Lo importante es que busquemos personalmente la verdad en nuestras vidas y en la vida de la sociedad en la que vivimos. Más aún, lo que importa es que estemos personalmente empeñados en ser mejores y en procurar que también lo sean aquellos que nos escuchan o leen.

 

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“El alma necesita pocos cuidados; el cuerpo, muchos”. Es un anuncio de una sala de sillones de masaje, en la estación de trenes de Atocha. Usted no está de acuerdo. ¿Por qué?
Me parece que es fácil advertir que al cuerpo humano sano le basta con un poco de comida, bebida, sueño y algo de ejercicio físico. Pero nosotros no somos solo nuestro cuerpo. Lo que realmente necesita masajes es nuestra alma y eso es lo que encontramos en la lectura, la música, la oración, la amistad, el arte, la conversación amable, la ternura. Al final, de verdad lo que realmente más necesitamos los seres humanos es querer y sentirnos queridos, cuidar y sentirnos cuidados.

¿Cuál es el libro que más detesta?
Los que huelen mal por estar encuadernados con cola defectuosa, los mal escritos o llenos de erratas, los que tienen la letra muy pequeña.

Twitter, Facebook, Google. ¿Qué siente usted ante la tecnología? ¿Nos invade y nos distrae, o nos ayuda?
Facebook potencia enormemente nuestra capacidad de conectar con muchas personas nuevas y de mantener el trato a distancia con las que ya conocemos. Google ha puesto en la punta de nuestros dedos los conocimientos guardados en las bibliotecas. Uso ambas muy frecuentemente. En cambio, apenas utilizo Twitter, pues me parece más bien un instrumento para políticos y profesionales de la comunicación. De modo general, me preocupa que esos recursos tecnológicos, básicamente enfocados hacia el entretenimiento, debiliten la capacidad de atención a una sola cosa que es la verdadera marca de la calidad en la acción humana.

letras-destacados_03No sé por qué viene a mi memoria una famosa cita de Ralph Waldo Emerson —un literato filósofo norteamericano del siglo XIX al que admiro— que copio: “Si un hombre es capaz de escribir un libro mejor, predicar un sermón mejor o fabricar una ratonera mejor que su vecino, por mucho que habite en medio de los bosques el mundo acabará abriendo un camino trillado hasta su puerta”. Estoy convencido de que esto es así. Lo importante es la calidad de lo que escribimos o hacemos; su visibilidad me parece más bien algo del todo secundario. Como se dice a veces, las cosas que nos son más importantes —amor, alegría, amistad, bienestar, paz, serenidad, etc.— no se pueden comprar, no están a la venta.

¿Qué es lo primero que piensa al levantarse por las mañanas?
Que Dios me ha regalado un nuevo día en el que me gustaría llegar a cuidar mejor a quienes tengo a mi lado, pues me veo con las manos vacías.

Además de la filosofía, también es un enamorado de la literatura. ¿En qué se diferencian estas dos disciplinas?
Siempre he pensado, remedando a Clausewitz, que la literatura es la continuación de la filosofía por otros medios. Algo así decía a propósito del arte mi querido colega y amigo Fernando Inciarte. Estoy persuadido de que la belleza es la puerta de la verdad. Me encanta la expresión latina, inspirada en Platón, de que la belleza es el “splendor veritatis”, el resplandor de la verdad, que atrae y enamora por sí misma.

La filosofía requiere argumentación explícita, claridad y erudición, esto es, el escuchar a los que han pensado antes de nosotros; la literatura requiere sensibilidad, transparencia en la expresión y vigor en la comunicación. Son por así decir registros distintos, que se complementan muy bien.

A menudo los filósofos hablan con desprecio de la literatura, como si fuese un entretenimiento, y no una sincera búsqueda de la verdad. ¿Qué le atrae a usted tanto de la literatura?
No conozco ningún filósofo que desprecie la literatura. Me viene a la cabeza aquel verso de Machado referido a Castilla “envuelta en sus andrajos, desprecia cuanto ignora”. No soy experto en arte, ni un literato, pero amo la belleza y me gusta reconocerla. Soy filósofo y escritor y me gusta invitar a otros a pensar y a escribir. Más aún, a mí lo que más me ayuda a pensar es escribir.

En mi trabajo como escritor me veo a mí mismo como un artesano que pone amor en la obra que está haciendo con sus dedos; de tarde en tarde, —soy yo el primero en asombrarme de que suceda el milagro— el texto se llena de espíritu hasta echarse a volar con vida propia. La obra de arte es siempre un triunfo del espíritu sobre la materia, en mi caso, las palabras. Para mí, que ando siempre a vueltas con las palabras, el arte es —como escribe Mercè Rodoreda— “decir con la máxima simplicidad las cosas esenciales”.

letras-destacados_04¿Qué le diría a un joven que quiere ser escritor?
Lo primero que lea despacito varias veces el libro “Cartas a un joven poeta” de Rilke. He regalado docenas de ejemplares de ese libro a quienes han venido a pedirme consejo para ser escritor. Lo segundo es que escriba mucho, que escriba la verdad, que tome un papel y vuelque su alma, sus emociones, su infancia, sus anhelos, y que lo comparta con alguien que le quiera y pueda corregirle lo escrito. Que lea mucho y por placer.

Usted ve a sus alumnos crecer y cambiar con el paso de los años. ¿Cómo cree que los afecta el estudio de la filosofía?
Me parece que lo que afecta a los alumnos más que la filosofía son las personas que se dedican a la filosofía, sus profesoras y profesores si tratan de articular unitariamente pensamiento y vida como decía antes. Se trata de profesionales que aspiran a ser ellos mismos mejores personas y tratan de contagiar a sus lectores y a sus alumnos esas convicciones básicas acerca de la capacidad de la razón para ensanchar nuestras vidas, para enriquecer nuestra comunidad.

En un artículo suyo, asume como algo sabido por todos que el dinero no da la felicidad. No nos parece tan obvio. ¿Por qué el dinero, en su opinión, no da la felicidad?
No es que sea una opinión mía, sino que sobre todo es la opinión unánime de quienes tienen dinero. Están siempre preocupados por conservarlo, por no perderlo y si es posible por incrementarlo. El dinero es como una droga: nunca parece suficiente. Viene a mi memoria aquel relato oriental del sultán triste al que recomiendan sus médicos que para recuperarse debe vestir la camisa de un hombre feliz. Sus servidores comienzan a recorrer la corte y después todo el imperio en busca de un hombre feliz y no lo encuentran por ninguna parte. Al fin, en un paraje perdido divisan a un labrador cantando a pleno pulmón mientras hacía su trabajo. Se abalanzan sobre él para quitarle la camisa y llevársela al rey, pero el labrador feliz… no llevaba camisa.

Pasa lo mismo todos los días. Es cierto que, como decían los clásicos, hace falta un mínimo material para llevar una vida digna, pero cada vez me convenzo más de que ese mínimo es realmente muy pequeño.

¿Cómo cree que será el futuro de las carreras de letras?
No soy adivino, pero pienso que cada vez contarán con alumnos mejores, más vocacionales, más comprometidos en la recuperación de la humanidad.

Los alumnos que van a visitarlo al despacho se encuentran con una caja de bombones y un abrazo que les da la bienvenida. ¿Por qué surgió esta costumbre?
Las costumbres nacen de la vida. Cuando dejé de fumar y de ofrecer tabaco a quienes venían a visitarme, comencé a llenar de caramelos el cenicero para agasajar a los visitantes. Además a menudo me regalan bombones buenísimos y me encanta compartirlos. Y en cuanto a los abrazos, me parece que cuando tenía 40 años era más frío o distante, mientras que en los últimos años —quizá por haber estado 12 cursos viviendo con gente joven en el Colegio Mayor Belagua o simplemente porque estoy “hecho un abuelo”— procuro ser más afectuoso y cordial. Como decían Ana Belén y Víctor Manuel en un viejo disco: “Para la ternura siempre hay tiempo”.

Y por último, le pedimos un consejo para la vida.
No tener miedo a decir siempre la verdad, con prudencia y con amabilidad. Y por supuesto, si no se tiene nada que decir, callarse, pensar y escribir.

 

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Jaime Nubiola, impartiendo clase de Filosofía del lenguaje en la Universidad de Navarra.

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