¿Vas a estudiar Medicina? ¿Derecho? ¿Economía? Qué alegría, menudo cerebrito. ¡Gente como tú va a levantar este país! Muy bien, sigue así. Estudia mucho, que eso sí que merece la pena.

Supongo que ningún humanista escuchará muy a menudo esta respuesta. Lo más gratificante que se puede escuchar es un: “Ah, qué… ¿interesante?”, o posiblemente uno de esos famosos: “¡Pero estás loco o qué te pasa!”. Suelo disfrutar mucho de argumentos de ese tipo porque, a medida que crezco, me doy más cuenta de que suelen ser propios de personas con muchos títulos y pocas ideas. Y cada vez son más los que dicen mucho y piensan poco. A menudo solía mostrar una forzada sonrisa y asentir ante comentarios del estilo, seguidos de unas palabras para salir del paso llenas de vergüenza y resignación. Pero creo que ya hemos tenido suficiente. Esta vez me fuerzo, voluntariamente, a compartir mi verdadera respuesta sobre este asunto, porque creo que los que nos dedicamos a las letras tenemos algo que decir.

Las humanidades parecen encontrarse en declive, y al igual que el lector y otros muchos, siento la responsabilidad de “resucitarlas”, de darles una nueva vida en un mundo en el que se insiste en su inutilidad. Recuerdo siempre una frase a la que recurro al tratar estos temas: “No existen los libros clásicos, sino los lectores clásicos”. Nos hemos acostumbrado a la presencia de grandes obras de la literatura desde hace siglos y siglos, y puede que también nosotros, los humanistas, nos hayamos estancado en aquellos tiempos. Vivimos enamorados de la literatura, la música, la filosofía o la historia, pero guardamos estas maravillas para nosotros y quizás no las hemos sabido transmitir. Hemos llegado a unos pocos, ¡pero habría que llegar a tantos otros!

¿Cuál es nuestro problema? ¿No sabemos comunicar? Una gran cuestión de las humanidades es que la transmisión del saber no puede darse de manera pasiva, sino que tiene que haber una actividad propia, interior. Tiene que encenderse un mero deseo de querer algo más, una llama que pide a gritos escuchar a muchos, leer a muchos. La pasividad no puede ser fuente de saber, para vivir nuestra vida hay que vivir otras vidas, y en eso consisten las humanidades: ¡en vidas de humanos!

¿Qué ser humano puede comprenderse a sí mismo sin recurrir a otros? Necesitamos las humanidades para entendernos a nosotros mismos. Ningún hombre puede vivir ni actuar sin tener un marco de referencia sobre el que hacerlo, el cual tiene que usar en todas sus actividades tanto básicas como intelectuales. Diría Ortega y Gasset en su obra Misión de la Universidad que quien vive sin cultura vive por debajo de su auténtica vida, por lo que acaba por desvivirla. ¿Podemos permitir los humanistas que se desvivan millones de vidas en las futuras generaciones?

No podemos, claro que no podemos. Sin embargo, ¿cómo evitarlo? ¿Qué podemos hacer hoy, ahora, en nuestro presente? En Italia, por ejemplo, invierten para fomentar la cultura: quinientos euros para cada joven de dieciocho años, que pueden emplearse en museos, teatros, conferencias, cines, etc. ¿Acaso en España se ha propuesto algo parecido? O véase nuestro sistema educativo, en el que la filosofía es materia opcional en bachillerato únicamente para los que escogen el itinerario humanístico. ¿Debería ser el pensamiento algo que se elige? ¿Los jóvenes pueden elegir pensar o no pensar?

El que haga de las letras su vida debería sentirse ciertamente responsable de la situación. Aristóteles, Cervantes, Miguel Ángel o Picasso nos dejan en sus manos todo un tesoro, un legado que depende completamente de nosotros. Pero no solo para conservarlo, sino para crecer, para avanzar. Porque necesitar… se necesitan muchas cosas. Necesitamos menos profesores de humanidades y más humanistas. Necesitamos asignaturas de grandes libros. Invertir en cultura. Invertir en grados de humanidades. Invertir en comunicación. Formar humanistas. Formar grandes lectores. No empeñarnos en enseñar letras, sino en vivirlas. Vivir en grande. ¡Soñar en grande!

Ana María Gil de Pareja
Estudiante de tercer curso de Filología Hispánica y Comunicación Audiovisual en la Universidad de Navarra. La última de cinco y cartagenera desde que nací. Por pasiones: el arte, la música y la lectura. Por lema: brindar por las pequeñas grandes historias.
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