Marina Núñez (Palencia, 1966) es una de las artistas multidisciplinares más importantes de España y con mayor proyección internacional en la actualidad. Es licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca y doctorada por la Universidad de Castilla-La Mancha. Actualmente imparte clases como profesora titular de pintura en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Vigo. Lleva exponiendo desde la década de los 90, con representaciones de locas, monstruas y personajes que se alejan del canon tradicional. Antes con pintura al óleo; ahora con tecnología digital en 2D y 3D, tanto imagen como vídeo. Sus obras se encuentran en las colecciones del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid), La Caixa (Barcelona) o MUSAC (León), entre muchas otras provincias españolas.

Ahora mismo pueden visitarse en España 3 exposiciones individuales suyas: El fuego de la visión, en el Artium de Vitoria, hasta principios de noviembre. Identidad y vestigio, en el Palacio de la Madraza de Granada, hasta el 16 de diciembre. Y Seísmos, en las Cortes de Castilla y León en Valladolid, hasta el 9 de diciembre. Visitamos a Marina en su estudio de Madrid y hablamos con ella con un café calentito.

 

Marina, ahora ya eres una artista consagrada. Pero hablemos de tus inicios. ¿Cómo descubriste tu vocación como artista?
Yo estudié Bellas Artes gracias a la literatura. Quería vivir una vida más interesante que la que viviría si por ejemplo fuese bióloga. Conocer a los personajes de Rayuela: a Horacio, a la Maga, a la gente que vivía en esos mundos. Eran personas brillantes intelectualmente, que me deslumbraban. Y ese fue el motivo: meterme en un mundo literario. Claro que también me gustaba mucho dibujar. Pensé que si me hacía pintora tendría más fácil acceder a un mundo interesante que si hacía una carrera de ciencias, que es lo que hubiera sido más lógico por la trayectoria de mi familia.

¿Tus padres qué decían?
Todos pensaban que me iba a morir de hambre. A mi padre, eso sí, le gustaba el arte, pero a mi madre le daba bastante angustia pensar que yo no iba a poder vivir de eso. Lo hice sabiendo que me metía en un berenjenal. Sabía que era un mundo incierto y dudaba de hasta qué punto iba a dárseme bien o no, porque tener cierta habilidad para dibujar no te garantiza nada.

Hay mucha gente que estudia Bellas Artes y que después se dispersa por el camino.
Sí, la inmensa mayoría no son luego artistas. Llegan, pero a otros lugares.

¿Qué te mantuvo a flote?
Dos cosas: la voluntad férrea y la suerte. La voluntad, porque yo veía a profesores que tal vez no habían tenido un éxito fulgurante como artistas, pero seguían trabajando con total dedicación. Para mí esa era la meta. Yo tenía la voluntad absoluta de estar en ello, me fuera como me fuera. Y tenía a algunos artistas cerca como modelos a seguir. Y he tenido mucha suerte. ¡Me ha ido tan bien desde el principio! La galería Buades apostó por mí nada más empezar, he tenido comisarios que me han apoyado, siempre he expuesto en centros públicos. Y además mucha visibilidad en prensa, cosa que nunca sé a qué se ha debido. Como te digo, la suerte.

En ese momento la pintura estaba mal vista porque se entendía como algo reaccionario, propio de otras época e ideológicamente conservador. Pero algunos artistas en los 90 hacíamos una pintura más conceptual, más centrada en ideas que en cuestiones formales, y esa podía tolerarse. Y además, en ese momento había muy pocas mujeres visibles en el mundo del arte. Así que puede que haya sido por una cuestión de cuotas: la cuota de ser una pintora pero conceptual y la cuota de ser una mujer -se ríe-. Es una teoría que yo tengo.

También he visto que con el tiempo, todo el que sigue y sigue, y tiene cierto nivel, al final termina encontrando un lugar. Pero el camino es durísimo y hay mucha gente que lo deja. Porque tú no dejas de trabajar en ello, pero nadie lo sabe, no te ve nadie, no ganas ni un duro y encima ves que la gente de tu generación empieza a tener una vida, a casarse, a tener hijos. Y entonces te planteas: “¿Qué hago yo matándome para no poder pagar ni el alquiler?”.

marina-nun%cc%83ez_01¿Se puede ganar uno la vida como artista?
Para mí ha sido determinante tener el trabajo en la Universidad. Yo vivo de dar clases, no de mis obras. Eso no quiere decir que no se pueda vivir del arte, sino que yo, desde el principio, sabía que no quería hacer del arte mi fuente de ingresos. Quiero mantener esa independencia del mercado. El mundo del arte es absolutamente incierto. De repente tienes años en los que lo vendes todo y te va todo muy bien y luego llega la crisis y se deja de vender arte. Y tienes cuarenta y muchos años y, ¿qué haces? Para mí la estabilidad es fundamental: tengo que saber que el dinero no es una preocupación y que no tengo por qué hacer cosas vendibles.


¿Qué aconsejarías a un estudiante que está dudando si hacer Bellas Artes o no?
Que hiciese Bellas Artes sin la más mínima duda. Va a ser muchísimo más feliz. Es un mundo privilegiado, como hablábamos al principio, un mundo intenso e interesante. Y es especialmente acogedor, empático con la diferencia. Un ejemplo de leyenda circular: la del artista loco. A Bellas Artes viene un número probablemente más alto que a otras carreras de gente heterodoxa, insólita, incluso con problemas mentales. ¿Por qué? Porque son listos y no se van a ir a otra carrera a que les machaquen la vida. No es que el artista sea un loco, es que el loco elige ser artista.

El mundo del arte está lleno de mentes abiertas. Eso ya me parece un valor. Y luego, es divertidísima. ¿A quién no le va a gustar aprender a dibujar, amasar arcilla, utilizar un software, hacer fotos, un autorretrato, una película de cine? Encima, tiene muchísimas salidas. Puedes ser diseñador web, de objetos, de moda, audiovisual, o puedes ser un pensador de estrategias de comunicación de una empresa o cámara de televisión. Yo creo que en este momento de tanto paro, esta es una carrera versátil en la que hay muchísima colocación.

¿Qué piensas acerca de perseguir los sueños?
Ahora los chicos jóvenes son mucho más sensatos, con lo que eso tenga de bueno y malo. Dicen: “No, no. Yo no pienso ser artista, de eso no se come”. Y yo pienso: “Pero si estáis en primero. No es el momento de decir eso. ¡Ya lo diréis veinte años más tarde!”. En mi generación todos queríamos ser artistas, luchar por ese sueño, morir en el intento. Ahora, para nada. Son generaciones más pragmáticas: lo ven difícil de antemano, y ni siquiera se arriesgan. Antes todos queríamos y luego había una criba. Ahora se criban solos.

 

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¿Para qué sirven las bellas artes?
Desde un punto de vista tecno-científico, no sirven para nada, supongo.
Desde un punto de vista no- pragmático, el arte representa lo mejor del ser humano. Creo que todas las culturas han entendido que el arte es vital y necesario, que sin él seríamos algo que probablemente no nos gustase ser.

¿Por qué dices eso?
Porque representa lo más elevado que tiene el hombre, el nudo lúcido y esperanzador que hay en su interior. Esa aspiración a crear belleza, a situarnos ante abismos, a generar experiencias estéticas conmovedoras y perturbadoras… no hay nada que hable mejor del ser humano, que está lleno de luces y sombras. El arte es la luz. ¿Qué seríamos si no fuéramos capaces de crear esta forma de condensación simbólica?

Pero desde un punto de vista más práctico, creo que la literatura, el cine, la música, la filosofía y todas las artes plásticas tienen la capacidad real de transformar el mundo. Creo que las transformaciones de lo simbólico afectan, de hecho, a lo real. A la larga lo transforman. Aquí coincido con las vanguardias utópicas, que pensaban que el arte cambiaba el mundo -la vida práctica, no me refiero a nada espiritual-. El arte plantea una visión alternativa de la realidad. “Desde que el mundo es mundo, los buceadores del pensamiento regresan a la superficie con los ojos inyectados en sangre”, dice una metáfora de Herman Melville. El arte te hace ver el mundo con una mirada en la que la perspectiva está ligeramente cambiada. A la larga, va calando. Y hace que todo el mundo vea el mundo con esa perspectiva diferente. El arte cambia el mundo, a la fuerza, estoy convencida.

marina-nun%cc%83ez_02En el caso concreto de tu obra, ¿aspiras a que lo que pintas se convierta en realidad?
Totalmente, sí. Yo me dedido a pintar lo no canónico. La pretensión ideológica de fondo es derribar al canon, apartarlo del centro. No tanto destruirlo para que otro ocupe su lugar, sino multiplicar las diferencias, mostrar muchos otros estereotipos de subjetividad. Si juegan más estereotipos, al menos se amplía el ránking en el que te puedas situar, y deja de ser tan pobre y tan mezquino.

Por ejemplo, si yo, junto con muchos otros autores, represento una identidad monstruosa, anómala, impura, aberrante, puedo intentar que esa identidad sea un modelo positivo. Yo entiendo que todos nos formamos como sujetos en base a estereotipos. Es inevitable. Pero no lo es que sea cierto estereotipo y no otro el dominante, o que existan pocos. Ahí es donde entra mi propuesta.

No es que piense que el arte plástico actúa solo en el plano intelectual. También tiene que ver con el cuerpo, con la fisicidad. No es lo mismo que te cuente o escriba una idea sobre los estereotipos a que que se vea y se sienta en una imagen o un vídeo, en un espacio o en otro. La experiencia completa no es solo intelectual, sino también física. Sin una buena formalización no hay experiencia estética. No es lo mismo situarse ante una obra artística que ante una filosófica.

Pero, ¿hasta qué punto lo que haces está al servicio de una idea?
A mí no me interesa mucho el arte que no transmite ideas. Hay muchos artistas a los que lo que les interesa son cuestiones de construcción, de experimentación, exclusivamente formales. Y a mí me parece muy respetable porque el placer formal, los valores estéticos en sí mismos, ya me parecen importantes. Pero no es mi camino. Yo tengo que narrar, que contar historias. La idea del arte desinteresado o el arte sin finalidad es muy kantiana, pero muy poco postmoderna.

Pero a la hora de representar una realidad, el artista tiene que desprenderse de sus condicionantes mentales, entre ellos los ideológicos.
El arte no es solo política, eso está claro. Hay artistas activistas que tienen un específico objetivo político. No es mi caso. Pero sí creo que todo el rango de artistas, desde los que creen que el arte no debe tener ninguna finalidad más allá del deleite estético hasta los artistas activistas, todos, están creando imágenes que implican posiciones ideológicas, aunque no sean conscientes de ello o no lo deseen.

Está dentro de una polis, sí.
Nada queda fuera de la ideología. Un artista que no quiera ideologizarse, ni narrar nada, puede limitarse a cuestiones formales, digamos, sin pretensiones de lanzar mensajes ni de analizar situaciones. Pero incluso él se estará posicionando ideológicamente. Porque el arte es una visión del mundo, y esa visión se lanza desde algún sitio, desde alguna postura concreta.

Por poner un ejemplo, el arte es un objeto de lujo, indiscutiblemente, te guste o no. Los objetos artísticos siguen asociados a una élite económica y a lugares de prestigio como los museos de arte contemporáneo, y además no todo el mundo accede al arte contemporáneo, porque hay mucho desconocimiento, poco acceso a la cultura. Y esa relación del arte con el poder económico e intelectual tiene implicaciones ideológicas.

Nadie está al margen del mundo. Eso lo explicó muy bien la postmodernidad: al margen de lo que quiera el artista, el arte existe en relación con una sociedad. El sistema del arte es un conjunto de instituciones, personas y creencias concretas, y ningún artista está fuera del sistema del arte. El sistema del arte está ideologizado. Siempre lo está. En cualquier época lo ha estado, independientemente de la voluntad política o apolítica del artista.

Otro ejemplo: el arte abstracto formalista también significa cosas. Y hay una tradición histórica que lo sitúa en un lugar concreto. Ha significado una rebelión contra la figuración tradicional, o un intento de reducir el arte a los materiales, o una intuición mística. Ha significado tantas cosas diferentes. Está situado en una cultura, en un lenguaje, y el arte es una forma de conocimiento como cualquier otra. El artista aislado del mundo, con un genio interior que no viene de ningún lado, es una leyenda.

 

¿Cómo has llegado a tener un tema tan definido en tus obras?
Cuando hice una exposición que repasaba varios años de trayectoria, me di cuenta de que desde el principio ya estaba encaminada. Me había graduado hacía 12 años y tenía la sensación de que todo lo que hacía era muy disperso. Hacía unas figuras, después otras diferentes, me fijaba en la iconografía médica, luego derivaba hacia la ciencia ficción… Hasta que hice una exposición en DA2, el Centro de Arte de Salamanca, en el 2002. Entonces me di cuenta de hasta qué punto estaba todo encaminado. Lo vi claro. Trabajaba siempre el mismo tema: lo monstruoso. Personajes no canónicos. En esa exposición fue cuando comprendí que lo que yo creía disperso era en realidad muy coherente.

¿Por qué empezó a interesarte el tema de la diferencia?
Es el tipo de mundo que me atrae. Durante años, mi libro favorito fue El retrato de Dorian Gray. Me fascinaba la ironía sutil de Oscar Wilde, pero sobre todo el tema. O Frankenstein, o las Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe. Y mi película favorita era La mosca, de Cronenberg, aunque la antigua también me impresionó muchísimo. Desde pequeña leía todo lo que caía en mis manos. Los rusos, los latinoamericanos, todo. Pero tenía una predilección por las historias de monstruos, de terror y de ciencia ficción. Describían mundos diferentes, identidades alternativas. Ahora estoy empezando a ver Penny Dreadful -se echa a reír-. Ahí está todo: Dorian Gray, Van Helsing, una endemoniada, el doctor Frankenstein. Al final, ese es el tipo de mundo que intuitivamente me atrae. Pero no sé de dónde viene. En mi casa había muchas novelas de ciencia ficción, pero me parece que también es instintivo.

¿Qué música te gusta?
Música clásica, Björk, Massive Attack, Prince.

¿Por qué en tus obras se repite tanto el tema del ojo?
Puedo darte varias respuestas racionalizadas: porque para mí el arte es una visión alternativa de la realidad. Y porque el ojo simboliza especialmente bien la identidad. Y porque es muy bello. O por la herencia surrealista -el surrealismo ha utilizado mucho el ojo-. Pero al margen de estas racionalizaciones, el ojo me interesa de manera intuitiva. Me encuentro muy cómoda trabajando con esa parte del cuerpo en concreto para expresar mis temas. Es algo que me sale.

Es tu gran tema: la identidad. Todo lo que haces termina apuntando a eso.
Sí. Cuando empecé quería deconstruir la identidad que nos proponía el sistema. Por eso tomaba imágenes clásicas de la historia del arte, imágenes ya hechas, con un significado establecido, para perturbar ese significado. Pero luego me di cuenta de que no quería volver a apropiarme de imágenes, utilizar esa estrategia deconstructiva, sino hacer imágenes propias que propusieran otros modelos de subjetividad. Me interesa más construir lo que todavía no está aceptado, que deconstruir lo que sí está aceptado.

¿Ahí es donde entra el cyborg?
Sí. La metáfora cyborg me interesa porque es un ser híbrido, impuro, que no tiene una esencia inmutable. Al contrario, al cyborg te lo imaginas en proceso. Se ensambla y se desensambla, se va transformando por el camino, nunca está terminado, siempre se le puede añadir algo más. Está conectado con el mundo en vez de aislado de él. Es un mutante y sigue mutando.

 

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Llama la atención que utilices tecnología digital para hacer arte. ¿En qué momento hiciste ese cambio?

Al principio solo pintaba, aunque muchos amigos me animaban a meterme en el mundo del vídeo y la fotografía. Un día hice una foto y después pinté con óleo una mujer encima. Esa fue la transición. Pero creo que hubiera empezado sin necesidad de consejos, porque a mí me gustan mucho los ordenadores y el mundo tecno-científico, que me resulta muy próximo. Me siento mucho más cómoda y entretenida con el ordenador que con el pincel. Y además el software que está saliendo da unas posibilidades alucinantes para hacer efectos especiales y 3D en el tipo de imaginería que yo hago.

Uno puede pensar que la tecnología te limita a la hora de hacer arte.
¿Limitarme? Al contrario. Me abre todos los horizontes posibles. Cuando se me ocurre un tema o imagen nueva, busco en internet qué software me permite materializar mi idea. Y si finalmente me lo compro y empiezo a probarlo, me abre mil posibilidades y se me ocurren mil ideas precisamente porque tengo ese software. Es un camino circular. A veces vas de la idea al procedimiento, y otras del procedimiento a la idea.

Tenemos la idea del artista artesano, que se mancha las manos.
El artista analógico, que digo yo.

Sí, pero parece que al utilizar tecnología digital el arte se vuelve mucho más conceptual. Ya no te manchas.
No puedes limitarte a la arcilla y al óleo. Hay que saber Photoshop e Illustrator, mínimo. Además, las decisiones artísticas que yo tomo con el ordenador, como la luz, la perspectiva, el lugar la cámara, qué campo abarco, qué queda fuera del cuadro… todas esas decisiones formales son exactamente las mismas cuando estás haciendo un cuadro que una imagen digital. Y el procedimiento, en mi caso, se parece muchísimo. Porque yo el pincel lo muevo igual que ahora muevo el ratón. Es verdad que si eres un expresionista abstracto, la manera como trabajas con el ordenador no se parece a como trabajas con la pintura. Pero en mi caso es lo mismo. Hasta el movimiento físico es el mismo. Y las decisiones artísticas también. Manejas el mismo tipo de sintaxis. Así que, aunque no te manches, no es más conceptual.

Ahora estás haciendo vídeos. Uno de los más impactantes es Ofelia.
Sí, son dos vídeos con una mujer dormida, o muerta, en la orilla del mar. Su rostro empieza a disgregarse en partículas, como carne que flota. Pero cuando viene una ola, el agua sutura el agujero de su rostro, como si el agujero fuera onírico, como si lo curara o acabara la pesadilla. Pero al final la chica de uno de los vídeos tiene un agujero bastante realista cubriendo todo su rostro y a la otra le sale un pelotón de carne asqueroso que palpita. Y ya no hay retorno, nada se sutura.

Quería contar que todo se termina somatizando. Es lo mismo que dice la psiquiatría: lo que empieza como algo intelectual o psicológico se hace carne. Todo se hace carne. Al final no hay nada que no sea cuerpo.

En Fluye la carne también utilizas el agua.
Es una apuesta por el ser mutable, fluido y cambiante. La mujer mira el líquido encantada, seducida. El líquido se le acerca y ella, contenta, se deja contagiar de las cualidades del líquido. Así que se vuelve líquida poco a poco, y al final se ve su rostro cambiante, como si fuera casi agua. Es la idea del ser metamorfoseable, en vez de rígido y estabilizado. La seducción por el ser proteico.

Por poder ser todas las cosas.
Eso es. Poder ser todas las cosas, sucesivamente o a la vez.

Pero eso, ¿cómo se traduce en la realidad?
Ya se está haciendo realidad. Si te fijas, en las redes, para los niños es una segunda naturaleza tener avatares, como en videojuegos o en foros. Eres lo que quieras ser. A veces eres una persona de 50 años, inválida. En otro eres la niña de 12 años que de hecho eres. En otro eres un chico. O un superhéroe con poderes. Una especie de Frankenstein hecho de retazos, aunque sean discursivos, eres muchos seres y el conjunto de todos ellos, y con cada uno exploras unas facetas y unos roles.

La gente se desidentifica y se vuelve a identificar, no se ve como un ser unitario, rígido y estable, juega a juegos de mascarada, porque quieren explorar diferentes estereotipos de identidad. Y esto ya es real, no es una entelequia o algo que pasará en el futuro. Es una tecnología real, que la gente utilizará. A la fuerza, esa idea de un cuerpo puro y aislado del mundo cambiará. A la fuerza cambiará.

 

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Marina Núñez, en su estudio de Madrid. Cada vez más ese ratón es su pincel.

 

Si has disfrutado con esta entrevista, te gustará lo que nos contó el filósofo Jaime Nubiola acerca de la literatura y el arte.

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