Lo que hoy está arriba, mañana está abajo. Lo que hoy se desprecia, mañana se ensalza. Es la ley del péndulo. Así que no es muy recomendable elegir qué carrera estudiar en función de las salidas profesionales. Hoy las carreras de letras no tienen buena fama. “Qué bonito estudiarlas, sí, pero mañana te vas al paro”, suele decir la gente. Pero, ¿hasta qué punto es eso cierto? Ese “mañana te vas al paro”, ¿qué validez tiene? Porque mañana no es lo único que importa; también está pasado mañana, y el día siguiente, y el resto de la vida.

Si uno echa un vistazo a las carreras que han estudiado los tipos más ricos del mundo, comprenderá que no hace falta estudiar ingeniería para llenar su cuenta corriente. La mayoría (32 de ellos) no tiene estudios universitarios. Los que carecen de estudios ganan lo mismo que los demás (25.000 millones de euros). Así que, si lo único que importa es tener un fajo de billetes, lo mejor será no estudiar nada. Las estadísticas lo demuestran. Al final es la suerte, los padrinos o el grado de espabilismo que uno tenga, lo que le lleva a un sitio o a otro, y no la carrera que estudie.

Esta lista aporta otro dato curioso: el 19% debe su fortuna al boom de la tecnología. Los más ricos del mundo son CEOs de empresas tecnológicas, como Jeff Bezos, Steve Jobs o Bill Gates. Es decir, un factor coyuntural. Estaban en el lugar y en el momento indicados. Y además, cuando uno les pregunta por la carrera que estudiaron, se lleva una sorpresa. Su discurso no concuerda con el “qué bonito estudiar letras, pero mañana te vas al paro”, que repite todo el mundo. Aunque estos magnates se muevan en el mundo tecnológico, se han dado cuenta de que la técnica no es suficiente. Y ahora buscan gente de letras.

Peter Thiel, co-fundador de Paypal, estudió Filosofía en Standford y hoy escribe en el New York Times, pidiendo a los jóvenes que no estudien carreras de ciencias. Les anima a lanzarse al mundo del trabajo, directamente, para aprender a lidiar con la complejidad. Según Peter Thiel, las ciencias enseñan que la realidad es simple, que se puede medir, controlar y predecir. Pero eso no es así. La realidad no es simple, sino compleja. Y las cosas importantes no se pueden medir, controlar ni predecir.

Algo similar piensan Steve Yi, CEO de MediaAlpha, y Danielle Sheer, vicepresidente de Carbonite. Sheer estudió Filosofía en la Universidad de Georgetown y reconoce que el método científico es valioso, sobre todo cuando se trata de manejar datos y máquinas. La ciencia es capaz de predecir sistemas cerrados, que funcionan siempre igual. Pero no todo puede observarse a través de las gafas de las matemáticas. El método científico es limitado.

 

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Cuando trabajo con personas que solo tienen una formación técnica, me doy cuenta de que les falta algo. No entienden qué motiva a las personas, ni cómo lidiar con factores impredecibles, que están fuera del campo de la tecnología.
Peter Thiel

 

 

La misma idea resuena en la Harvard Business Review. La prestigiosa universidad norteamericana reconoce que nuestro sistema educativo se basa en la ciencia y en la economía. Enseña a los alumnos a controlar, predecir y verificar. Los introduce en el mundo de lo ordenado, de las cuadrículas. Y sin embargo, no les pincha con el aguijón de la creatividad, ni les lanza a lo incontrolable, ni les desafía con preguntas del tipo: “¿Qué pasaría si…?”.

Georgia Nugent, presidenta del selectísimo Kenyon College de Ohio, también está en contra de considerar las ciencias como el único estudio aceptable. En su opinión, es una terrible ironía animar a los jóvenes a especializarse en una sola tarea, simple, única, justo cuando el mundo se vuelve cada día más complejo.

 

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No estamos haciendo ningún favor a nuestros chicos cuando les enseñamos que la vida es un camino recto, lineal. Las letras son importantes porque enseñan lo contrario: que la vida es un cúmulo de circunstancias cambiantes, y que hay que estar preparado para ser flexible y adaptarse.
Georgia Nugent

 

 

No se trata de despreciar a las ciencias, que benditas sean. Ni tampoco de fomentar el antagonismo entre ciencias y letras. Se trata más bien de dar a cada disciplina el lugar que le corresponde. En 2010, Steve Jobs afirmó que para que la tecnología llegase a ser realmente brillante, magnífica, inspiradora, tenía que combinarse con las artes. La tecnología a solas no va a ninguna parte. Podemos llenar el mundo de máquinas y convertirlo en un lugar horrible, porque faltará la mitad de su alma. “La tecnología no es suficiente -aseguró Jobs-. Es el matrimonio de humanidades y tecnología lo que hace que nuestros corazones canten”. Así pues, nada de enfrentamientos entre ciencias y letras, sino armonía. Hacen falta softwares para nuestros móviles, por supuesto, y también hacen falta ideas. Las dos cosas. En palabas de Nicholas Kristof, columnista del New York Times, “cada palabra es tan importante como un iPhone”.

En el mundo de las letras no hay respuestas definitivas. A medida que crece, uno descubre que no está seguro de nada. En eso consiste aprender: en ser consciente de la propia ignorancia. Sócrates enseñó su único conocimiento: el hecho de no saber nada. En cada momento, las letras recuerdan que no hay nada seguro. Todo está abierto a múltiples interpretaciones.

 

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En el mundo cambiante de la tecnología, no existe el blanco y el negro. No hay una respuesta acertada para cada pregunta. Simplemente hay una escala de grises, acerca de lo bien que lo puedes estar haciendo. La clave está en aceptar esa incertidumbre.
Steve Yi

 

 

Estos directivos se alimentan de las mismas ideas que poetas como W. B. Yeats, para quien “las mejores personas carecen de convicciones rotundas, mientras que las personas más estrechas de mente están llenas de una fogosa radicalidad”. El sabio siempre duda, es humilde, es consciente de que puede estar equivocado. Percibe que la realidad le supera; por eso no pretende imponerse a ella. Eso mismo dicen las letras. No hay respuestas definitivas, control, ni dominio sobre el mundo. Todo el dominio que consigamos será siempre ficticio, durará solo un rato. Las ciencias predicen y controlan, pero antes han firmado un peligroso contrato: han renunciado a lo impredecible. Lo han obviado, han hecho como que no existe. Uno puede llegar a la luna en cohete, pero el mundo siempre esconderá un misterio.

Este artículo alegrará a más de uno, porque parece que las letras van a volver. Pero también se puede soltar un bufido y decir que esto no es Estados Unidos, que esto es España, y aquí las cosas pintan muy diferente. No vamos a ser idealistas (aunque está bien serlo), porque es verdad. En España las letras no se defienden con tanto vigor. Pero los estudiantes de Historia saben que todo acaba repitiéndose; el péndulo es una ley universal. Todo lo que sube, baja. Y todo lo que ocurre en Estados Unidos, acaba por llegar a España. Así que es cuestión de tiempo que las letras vuelvan a tener éxito. Podemos tener vacunas, podemos tener pantallas, podemos montar fábricas en el Amazonas y comprarnos el nuevo coche de Tesla. Pero y luego, ¿qué? El coche perfecto no sirve si uno no sabe adónde ir.

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