Quedamos con la escritora Pilar Adón en el café Mür. Es un local silencioso, recluido, como extraído de un mundo donde hay muchos bosques. Fuera se oye el murmullo de los aviones, sobrevolando el cielo de Madrid. En noviembre del pasado año, Pilar Adón (1971) publicaba su última novela, Las efímeras, bajo el sello de Galaxia Gutenberg. Ha sido la culminación de un viaje que empezó a los 28 años, con la aparición de su primera novela, El hombre de espaldas, Premio Ópera Prima Nuevos Narradores. Después vinieron Las hijas de Sara (2003), Viajes inocentes (2005, Premio Ojo Crítico de Narrativa), y El mes más cruel (2010, Premio Nuevo Talento Fnac). Además de novelista, Pilar Adón también es poeta. Sus ojos lo revelan. Su manera de mirar, tan penetrante y a la vez tan melancólica. Como si en cada momento se enamorase de algo inalcanzable. Ha traducido a Edith Wharton, a Penelope Fitzgerald y a Henry James al castellano. Sus universos forman parte del suyo. Al sentarnos en el café, pedimos dos zumos de arándano y una tosta para compartir. Pilar necesita agua. Aunque está atardeciendo, hace un calor tórrido en Madrid.

Me llama la atención que tus libros tienen un sabor, un olor, un ambiente particular. Creo que podrías publicar un libro sin poner tu nombre y con leer unas líneas ya adivinaríamos que es tuyo.
Eso es la voz de cada autor. Es lo que todos perseguimos: ese estilo que nos hace reconocibles. Para mí lo que se cuenta tiene poca importancia; lo interesante es cómo se cuenta. Cuando escribimos, estamos creando un mundo, un ambiente, que tiene que parecer real. Eso es lo que me parece interesante. Y luego, lo que les vaya a pasar a los personajes será otro proceso, que para mí es secundario.

Dices que te interesa más el cómo que el qué. Pero entiendo que en ese cómo, en esa atmósfera, estás contando ya muchas cosas.
Sí, esa atmósfera cuenta, por ejemplo, un estado de ánimo. Es una atmósfera de reclusión, de miedo, de relaciones de dominio.

Son temas que se repiten en tus novelas.
Sí. El primer cuento de El mes más cruel, que se titula En materia de jardines, habla de dos chicas que viven juntas. Una cuida a la otra. Una domina y otra es dominada. Pero al final todo se da la vuelta y no se sabe quién es la paciente y quién es la enferma. Me gusta esa idea del control, sobre los familiares y sobre la naturaleza. Y cómo de repente nos damos cuenta de que ese control es ilusorio, se vuelve contra nosotros -un avión pasa muy cerca. Por un momento, parece que va a derribar el café-. En Las efímeras, la hermana mayor piensa que controla a la pequeña. Y cuando la pequeña desaparece, la mayor se da cuenta de que en realidad no controlaba nada. La controlada era ella, que necesitaba tener a la pequeña constantemente cerca. Lo mismo ocurre en El hombre de espaldas. Son temas que se repiten. Novela tras novela. Pero al final, cuando las lees, no puedes ver acontecimientos demasiado drásticos. Todo ocurre muy despacio. En las novelas de Iris Murdoch, por ejemplo, suelen pasar cosas continuamente. Pero a mí, más que contar esas cosas, me gusta crear el ambiente. Lo que quiero es situar al lector en un lugar. Y luego, las cosas que ocurren en él son secundarias.

Ahora estás escribiendo algo nuevo. ¿Vuelven a aparecer estos temas?
Sí. Siempre vuelven. Con mi primer premio literario, a los 18 años, ya hablaba de una chica que se encerraba en una buhardilla. En El hombre de espaldas, la madre de Sofía y Jakob está encerrada en una habitación. En las En Las hijas de Sara, la familia está encerrada en una casa cuyas puertas no pueden abrir porque les invade el polvo de África. En Viajes inocentes, los personajes huyen de algo y se han encerrado. En Las efímeras, el encierro es triple: están encerrados en sí mismos, en sus casas, y a su vez en una comunidad alejada del mundo. Mis temas son la huida, el encierro, el miedo, el deseo de esconderse, el deseo de control. Al principio estos temas me llegaban de manera instintiva. Ahora ya indago en ellos de una forma más deliberada -mientras hablamos, empieza a sonar muy fuerte Focus, de Ariana Grande. La canción se inmiscuye. Demasiado.

El dominio, el miedo, la reclusión. ¿Hablas de ellos porque crees que es algo que nos pasa?
Hablo de ellos porque me interesan a mí. Escribo lo que quiero leer. Me interesan las personas que se marchan a otro sitio. Pero no por rebeldía, sino por necesidad vital.

Como sucede en Walden, de Thoreau.
Exacto. Para mí era el ideal. La persona que se va a una cabaña en la orilla de un lago y es capaz de sobrevivir sola. Me gustan mucho las vidas de los eremitas, de los santos, esas vidas llenas de silencio y de lectura. De espiritualidad. Siempre me ha atraído. Vivimos en una sociedad que está en contra de todo eso, que nos abruma. A veces pienso que escribo sobre el aislamiento de los personajes porque es lo que busco -Pilar frunce el ceño y mira por la ventana-. ¿Has oído eso?

Un avión.
Sí. Muy cerca -da un sorbo a su zumo de arándanos y carraspea-. Pues como te decía. Busco silencio, paz, un lugar donde escribir, donde estar tranquila.

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Y si te digo que te voy a regalar un billete de avión para el Himalaya, donde te espera una casita en la que poder escribir en silencio, durante dos años, ¿lo aceptarías?
No -Pilar se ríe-. Me gusta estar aislada, pero sabiendo que puedo salir a la calle y ver a la gente. La desconexión no puede ser absoluta. Si me lo llegas a preguntar hace 7 años, igual te hubiese dicho que sí. Pero ahora no me parece sano. En Las efímeras hay un personaje que siempre ha vivido aislado. Y al final, por no comunicarse, se vuelve loco. Si ese personaje hubiese estado en sociedad, hablando con otros y relativizando sus problemas, jamás habría actuado de una manera tan radical. Cuando estás solo, es muy difícil relativizar. Te vas al extremo. Así que por ahora me conformo con un espacio en el que estar tranquila.

¿Una habitación propia?
Sí -ríe-. Pero sabiendo que luego hay una casa.

Hemos hablado de la reclusión, del hecho de leer como evasión y también de crear una atmósfera. Esto, al final, ¿no es concebir la literatura como un alejamiento de la realidad, una huida? Es decir, no nos vamos al Himalaya, pero nos metemos en un libro.
Sí, puede verse así. Al final, la literatura consiste en irte a otro mundo. A mí me interesa esa evasión. Es un tópico, pero leyendo estás viviendo otras vidas, visitando otros sitios. Si en el metro abres un libro, ya no estás en el metro, estás en otro lugar. Y si leyendo te evades, escribiendo ya ni te cuento.

Pero concebir la literatura como evasión, ¿no es un peligro? Las palabras, al final, son conceptos abstractos. Y los conceptos matan la realidad. De la misma manera, los libros pueden desconectarnos del mundo.
Te refieres a lo que le pasa a don Quijote. Un buen momento para hablar de esto… Todos sabemos que el personaje leía tanto que al final desconectó de la realidad y se volvió loco. Esa es una desconexión absoluta. Y hay que tener mucho cuidado con eso. Ahí entramos en algo peligroso -me mira con sus ojos profundos, insondables-. Rilke decía que tenía miedo de que le quitaran los demonios porque entonces también desaparecerían sus ángeles. Es una idea romántica que sugiere que, si no tuvieras esa locura, desaparecería tu genialidad como escritor. Pero eso, como te digo, es una idea peligrosa. Conduce a la demencia.

Con tus novelas, el lector recibe continuos golpes que le descolocan. Le pides mucha atención. ¿Cómo lo consigues?
Eso se consigue con mucho trabajo y muchas correcciones. He trabajado en Las efímeras durante casi 12 años. Al principio había muchísimo escrito y he tenido que eliminar y pulir. El hombre de espaldas empecé a escribirlo con 25 años y no lo publiqué hasta los 28.

Tus personajes tienen relaciones muy violentas. Se hablan de manera cortante y sueltan comentarios excéntricos. ¿De dónde viene esa agresividad?
A veces la ira me embarga cuando veo ciertas cosas del aquí y el ahora, en esta sociedad. Y puede ser que canalice esa ira en mis personajes.

¿Qué clase de cosas te producen ira?
Las injusticias. La sinrazón. El abuso.

¿No te acostumbras?
Qué va, y espero no acostumbrarme nunca. Leo noticias de agresiones, de matanzas, de destrucción de la naturaleza… Y no entiendo nada. Supongo que nos creemos inmortales y por eso actuamos así. Ante las injusticias, los abusos, la primera reacción es llorar. Y luego intentar canalizar la ira, como se pueda. Creo que por eso hay tanta violencia en las cosas que cuento.

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¿Cuándo supiste que querías ser escritora?
Siempre quise ser escritora, desde pequeña. Quería estar sola, sin jefes, sin tener que rendir cuentas ante nadie. Durante un tiempo, hace muchísimos años, también pensé en ser fotógrafa, ir sola por la calle haciendo fotos. Pero tener que cargar con la cámara, el trípode y todo el equipo me parecía excesivo. Al final me decanté por la literatura. Para escribir solo se necesita un boli y un papel. Y como modo de expresión me pareció siempre más directo y más cercano.

¿Por qué escogiste estudiar Derecho?
Porque fue la carrera que me adjudicaron: yo había estudiado letras puras y las opciones que puse en primer lugar eran de letras mixtas. Nadie me informó de nada, y por entonces estábamos muy perdidos a la hora de rellenar papeles y saber cómo funcionaba el sistema universitario. En cualquier caso, al final me pasaba el día en la Facultad de Filosofía, que estaba justo enfrente, escribiendo. Estudiaba días antes del examen y sacaba buenas notas. Después me especialicé en Derecho medioambiental. Pero tenía que estar todo el día con las leyes europeas, y yo lo que quería era irme al mar a salvar ballenas. Entonces lo dejé, me hice traductora y muchos años después empecé a trabajar en Impedimenta.

De pequeña querías que te dejasen sola, para leer y escribir. Eso tenía que ser complicado, ¿no?
Sí, durante unos años se es el bicho raro porque no se quiere salir a jugar. Y todo el mundo lo juzga. Todo el mundo parece tener una opinión al respecto. Lo que yo quería era quedarme en casa leyendo. Lo leía todo. Incluso los libros de la biblioteca de mi madre (recuerdo Jane Eyre y Cumbres borrascosas), o viendo películas de James Dean, Marlon Brando y Montgomery Clift. Pero la gente siempre tenía algún comentario que hacer porque era la niña rara.

¿Eras de las empollonas?
Sí. Siempre. Y además, sin ningún problema. Estudiaba, aprendía, leía muchísimo y me lo pasaba muy bien.

¿Qué piensas de la reputación que tienen hoy las letras?
Que parecen las hermanas pobres del sistema. Que están siendo apartadas, ninguneadas y, con ello, se está negando gran parte de lo que somos. Hay quien piensa que la lectura y la literatura son ocupaciones caprichosas. Pero, ¿qué tiene de caprichoso el pensar? Lo que nos diferencia de los animales es el pensamiento. Nuestra manera de enfrentarnos al mundo depende de cómo pensamos. Y nuestra manera de pensar está a su vez muy marcada por las experiencias que hayamos podido tener a lo largo de nuestra vida. Pensamiento, lenguaje, comportamiento. Todo es uno. ¿Cómo va a ser caprichoso cultivar la memoria, la imaginación, el pensamiento? A nadie se le ocurre atacar las ciencias. Reducir las horas de matemáticas o eliminarlas directamente de un plan de estudios. ¿Por qué hacerlo con las humanidades? Recuerdo lo absurdo que me parecía en su día tener que aprender integrales, derivadas y la tabla periódica. Hay padres que se enfadan cuando mandan a sus hijos leer libros. “Los libros son caros, no puedes obligar a la gente a comprarlos”. Pero son también caros los compases, las calculadoras científicas, los rotuladores para dibujo técnico. ¿Por qué un Rotring sí y un libro no? No entiendo esa manera de querer arrinconar las disciplinas que hablan del ser humano, como la literatura o la filosofía.

Al abandonar el café, se ha hecho de noche en Madrid. Las farolas se han encendido. No hay espacio para las sombras; todo sigue al descubierto con esa luz artificial. Y sobre el cielo, como eternos vigilantes, brillan las luces de los aviones.

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