El verano es la época del mar y de la piscina. El calor hace que deseemos el agua con todas nuestras fuerzas. Un chapuzón refrescante, una botella entre hielos. Pero lo que habitualmente no pensamos es que el agua haya inspirado a escritores y artistas. Han creado metáforas, símbolos y paralelismos que hoy aparecen por todas partes y que tienen un significado, aunque a veces no nos demos cuenta. Por eso queremos contarte qué significa el agua.

Cuando Virginia Woolf contemplaba el agua del mar, no veía lo que el resto de los mortales. Ella veía el símbolo del tiempo, siempre fluyente. Lo propio del tiempo es que nunca se detiene, y lo mismo ocurre con el movimiento del agua. En los ríos, es imposible frenar la corriente. En el mar, las olas avanzan inexorables hacia la orilla, hasta morir en la arena. En todos los casos, el agua se convierte en una metáfora del paso del tiempo.

El agua, además, es símbolo de la propia técnica literaria de Virginia Woolf: la corriente de conciencia. Esta técnica consiste en transcribir de manera incesante lo que pasa por la mente de sus personajes. Es lo que ocurre en su obra maestra Las olas, narrada mediante los soliloquios interiores de los seis protagonistas. En su diario de 1931, Woolf escribe: “¡Sí, Las olas es mi primer libro en mi propio estilo! (…) La sangre fluye como un torrente desde el principio hasta el final. Si algo he logrado, es eso: una plenitud saturada y sin cortes; cambios de escena, de mentalidad, de persona, llevados a cabo sin que se derrame una sola gota”.

 

Al aproximarse a la orilla, cada una de ellas adquiría forma, se hinchaba y se rompía arrojando sobre la arena un delgado velo de blanca espuma. La ola se detenía para alzarse enseguida nuevamente, suspirando como una criatura dormida cuya respiración va y viene inconscientemente.
Virginia Woolf, Las olas

 

El problema de las novelas de Virginia Woolf -y a la vez, su máxima genialidad-, es que son grandes tejidos, magistralmente hilvanados, de pensamientos. La mente de un personaje, la mente de otro. Y entre medias, lejanos destellos de realidad. Una ola que se estrella contra el farallón, la cuenta del café, el llanto de un niño. Esa realidad, siempre tan opaca, que se esconde tras el pensamiento. El lector quiere lo real, no la ilusoria red del lenguaje humano. Pero, claro, Woolf representa nuestro mundo. Las olas siempre fueron divinas. Vivimos la fragmentación, el tejido del pensamiento. Solo en el agua esos fragmentos se unifican, se fusionan en el mismo líquido y golpean con la fuerza de una ola. Woolf es justamente eso: la dicotomía entre pensar y ser. Entre el diálogo interior de un personaje y las olas del mar.

Es algo que también ocurre en las novelas de Iris Murdoch. La escritora irlandesa habla de olas y de las luces del faro. Su gran obra, El mar, el mar, es una batalla entre la mente y el movimiento: la luz y el agua. El eterno enfrentamiento. ¿Cómo llegó a darse este salto, entre una y otra escritora? Mientras Las olas de Woolf empezaba a circular por Inglaterra, a escasa distancia, en Dublín, una niña de mirada circunspecta y flequillo recto se quedaba sola en casa. Prefería quedarse en su habitación antes que salir a jugar con sus compañeros. Se llamaba Iris Murdoch. Con apenas ocho años, la pequeña Iris abandonó Irlanda y se mudó con sus padres a la capital de Reino Unido, la cosmopolita Londres. Allí comenzó a estudiar en escuelas progresistas. No es arriesgado afirmar que, una de aquellas tardes, curioseando entre las estanterías de la biblioteca, se topase con un ejemplar de Las olas, de Virginia Woolf. La gran escritora estaría a punto de suicidarse, ahogada en un río (qué obsesión por el agua), mientras la pequeña Iris leía apaciblemente su obra, en un aula del colegio.

Así son las conexiones entre escritores. Casuales, impredecibles, maravillosas. Y aun así, ocurren. Continuamente. Estas dos magníficas observadoras de la realidad respiraron durante diez años el mismo aire londinense, viciado, ruidoso, pero jamás llegaron a conocerse. Si por un casual, Virginia Woolf se hubiese cruzado a la joven Iris en una de sus esporádicas excursiones por la capital, le hubiese dado un caramelo o hecho una carantoña en la mejilla. Iris tenía diez años. No daba para más.

Tendría que pasar casi medio siglo para que Iris Murdoch escribiese su obra maestra, la que le ha valido un incontestable puesto en la literatura del siglo XX, además del Booker Prize: El mar, el mar. Pero, ¿de qué mar habla Murdoch, exactamente? ¿No tendrá algo que ver con Las olas, de Woolf? ¿Acaso sus metáforas no huelen a lo mismo? Cuando uno toma una novela de Murdoch, encuentra el agua por todas partes. Las páginas se deshacen y se escurren entre los dedos.

En sus primeras obras, Murdoch utiliza el mar como símbolo de la muerte, del infinito, de Dios y de la verdad. Mientras sus personajes se enfrascan en rencillas amorosas, familiares y son presas de su propio egoísmo, el mar permanece imperturbable. Siempre es el telón de fondo, sereno, inmenso; sirve de contraste con los perturbados protragonistas. La obra cumbre de esta simbología es, por supuesto, El mar, el mar. Ahí es donde Murdoch toma el relevo de Woolf de manera más evidente. Si se pudiese resucitar a los muertos, alguien tendría que sentar a Virginia Woolf y a Iris Murdoch a tomar un té (inglés) y confrontar Las olas con El mar, el mar. Tal vez se acusasen de plagio.

Cuando aún faltaban 5 años para la muerte de Murdoch, en 1999, un jovencísimo escritor italiano publicaba una de sus primeras obras: Océano mar, con la que ganó el Premio Viareggio. A Alessandro Baricco se le conoce, sobre todo, por su novela lírica Seda. Pero conviene no olvidar esta breve y poética obra, más temprana, en la que varios personajes se alojan en una casa frente al gran azul: Océano mar.

 

¿Sabes qué es lo más hermoso de aquí? Mira: nosotros caminamos, dejamos todas esas huellas sobre la arena, y ahí se quedan, precisas, ordenadas. Pero mañana, cuando te levantes, al mirar esta enorme playa no habrá ya nada, ni una huella, ni una señal cualquiera, nada. El mar borra por la noche. La marea esconde. Es como si no hubiera pasado nunca nadie. Es como si no hubiéramos existido nunca. Si hay un lugar en el mundo en el que puedes pensar que no eres nada, ese lugar está aquí. Ya no es tierra, todavía no es mar. No es vida falsa, no es vida verdadera. Es tiempo. Tiempo que pasa. Y basta.
Alessandro Baricco, Océano mar

 

Ahí está. La misma idea a la que apuntaba Woolf, la misma que repite Murdoch, la misma que prosigue Baricco: el mar es un símbolo del tiempo. Este licenciado en Filosofía lo dice más claramente que nadie. La estancia de sus personajes frente al mar es una ocasión para meditar, poéticamente, sobre el tiempo que no cesa.

De manera inevitable, el tiempo conduce a la muerte. Por eso el símbolo del mar se utiliza para los dos: el paso del tiempo y la llegada de la muerte. Encontramos este nexo en un pintor prerrafaelita, John Everett Millais, autor de Ofelia (1852). El cuadro, que hoy se puede ver en la Tate Galery de Londres (volvemos a la patria de Woolf y de Murdoch), muestra a la joven Ofelia con un florido vestido, flotando en el río, exánime. Esta joven, personaje ficticio de Shakespeare en Hamlet, padeció una muerte trágica cuando intentó subir a un sauce, se rompió la rama que le sostenía y la joven cayó al río, donde se ahogó. El agua aparece como la tumba natural de los hombres. Ese es precisamente el lugar que Virginia Woolf escogió para su suicidio.

La escritora británica, que también escribía bajo un sauce junto al río Ouse, se llenó los bolsillos de piedras y se dejó ahogar en el agua. No deja de ser una paradoja que Virginia Woolf, que tanto admiró siempre a Shakespeare, y que tanto escribió sobre el agua, decidiese morir como uno de sus personajes, Ofelia. De nuevo, el agua, principio y final de todo. Útero y tumba, vida y muerte.

Al igual que Shakespeare y Virginia Woolf, en España resuena la voz de Jorge Manrique. Este poeta palentino escribió una famosa elegía por la que se le recuerda: Coplas a la muerte de su padre, donde secunda: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir”. Un símbolo que ya parece universal.

Pero, ¿y hoy? ¿Quién habla hoy sobre el agua? Vamos con algo de música. Para sorpresa de muchos, la banda británica Florence + The Machine dedica su discografía a profundizar sobre el símbolo del mar. En la canción What the water gave me, del álbum Ceremonials, Florence aborda la muerte y el paso del tiempo con una fusión del sonido de un reloj, el fluir del agua y el órgano de una misa fúnebre. Además, hace un guiño a Virginia Woolf: “Let the only sound be the overflow, pockets full of stones“, en referencia a los últimos sonidos que la escritora debió de escuchar antes de morir.

Con todo, no podemos quedarnos con este sabor amargo. El mar no es solo señal de muerte y tragedias. También es, como señalábamos al principio, símbolo de inmensidad, de infinito, de adoración. En su cortometraje Odissey, Florence canta: “How big, how blue, how beautiful“, y por un momento parece una vuelta al mensaje de Ceremonials: un anhelo de regresar al mar, la cuna de la que nacimos, es decir, un deseo de muerte. Sin embargo, Odissey sorprende. Cuando parece que Florence va a hundirse en el agua, la cámara no enfoca hacia abajo, hacia el océano, sino hacia arriba, hacia el claro y vasto cielo. Este también es azul, es inmenso y es hermoso. Florence ha visto algo más en el agua: el reflejo del firmamento. El símbolo se ha transformado. Hemos pasado del agua como símbolo de muerte y disolución de la identidad, al reflejo del cielo, símbolo de esperanza y eternidad.

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