Roland Joffé se ha convertido en un director de esos que llamamos “de culto”. En otras palabras, se ha dedicado a hacer un cine de autor, lejos de focos mediáticos, compromisos publicitarios y servidumbres de la fama asociados a Hollywood. Después de sus enormes éxitos con Los gritos del silencio (1984) y La misión (1986), no sólo aclamadas por el gran público sino también muy comprometidos en su contenido, resistió a los cantos de sirena de Hollywood. Le ofrecían ahí suculentos contratos de por vida, pero también unas restricciones como autor, como artista, que él no estaba dispuesto a admitir. Su concepción del cine es demasiado artística como para quedar circunscrita a los estrechos límites de las demandas de la audiencia y de lo políticamente correcto. Esa decisión ha marcado su itinerario cinematográfico y artístico, puesto que desde entonces se ha dedicado a realizar obras consideradas quizás menores o marginales por el gran público, pero que suelen afrontar temas que precisan una gran sensibilidad y un tratamiento nada superficial o maniqueísta.

Así, en su itinerario se encuentran películas que aproximan sin prejuicios los temas espirituales, como en La ciudad de la alegría (1992) o Encontrarás dragones (2011), dos películas en las que se apreciar su aroma de notable autenticidad en su contenido y de belleza en su puesta en escena. Ha rescatado también biografías de personajes más bien marginales, quizás no muy conocidos pero sí llenos de fuerza, como Vatel (2000), considerada por él mismo una de sus películas preferidas. No es extraño que se encuentre ahora en Sudáfrica, rodando una película sobre el modo como ese país ha superado la difícil cuestión racial.

La Universidad de Navarra ha tenido la fortuna de recibir su visita recientemente. En los diversos encuentros que ha tenido con los estudiantes, ellos han podido disfrutar de la profundidad y la autenticidad del discurso que suele estar asociado a los artistas comprometidos con los aspectos más éticos de su profesión. Joffé no considera el cine como un simple entretenimiento sino como un medio para transmitir las realidades del corazón a las que no puede llegar el discurso racional de los intelectuales, los académicos y los críticos. Las películas mueven a las emociones y conmueven a los sentimientos, como las obras de los académicos iluminan al intelecto. Joffé nunca plantea la dicotomía inteligencia-voluntad o razón-sentimientos en términos de “mejor-peor” o “bueno-malo”; se trata más bien que cada uno (el intelectual y el artista) ejerza esa influencia positiva en la audiencia utilizando sus propios modos de transmitir la realidad.

Este fondo moral y ético es el que le ha llevado a tener una mayor preferencia por el cine con contenido histórico. Las grandes narraciones incitan siempre al espectador a plantearse cuestiones de fondo, le interpelan en su propia vida. Para Joffé lo peor no es equivocarse, sino quedarse en la mediocridad, no ir al fondo de la realidad, tal como sus películas reflejan. En La misión reivindicaba la grandeza de los misioneros jesuitas en el Nuevo Mundo. La película es un auténtico homenaje a algunos de esos misioneros anónimos que no han entrado en los cánones de los libros de historia, pero que realizaron epopeyas a la altura de los grandes conquistadores como Hernán Cortés y los grandes descubridores como Magallanes. En Los gritos del silencio puso el énfasis por primera vez en los redactores de guerra, cuyo tenaz, arriesgado y hasta temerario trabajo puede contribuir (y de hecho ha contribuido) a detener las atrocidades de los poderosos bajo la careta de los equilibrios de poder.

Joffé no se contenta con retratar historias simplistas de “buenos” y “malos” sino que pretende reflejar toda la complejidad de personajes que se enfrentan a situaciones límite, y en algunos momentos de su epopeya se encuentran llenos de dudas e incertidumbres – la encrucijada del periodista norteamericano de Los gritos del silencio al abandonar a su amigo en Camboya o el drama del misionero jesuita de La misión ante los dos caminos que se abren ante él, de resistencia violenta o pacífica ante la terrible injusticia de los poderosos conquistadores, son bien elocuentes de esto. Se trata de personajes que nos interpelan personalmente, porque todos nos hallamos en un momento u otro de nuestra vida (o incluso de forma más cotidiana) en decisiones de cuya resolución depende en muchas ocasiones no sólo la integridad de nuestra conciencia, sino que pueden contribuir además a la mejora de la situación de quienes nos rodean, en nuestra familia, en nuestra profesión, en nuestra sociedad.

El cine de contenido histórico implica que sus protagonistas deben realizar elecciones que les comprometen, decisiones libres que marcan el sentido de sus vidas. Esto explica la preferencia de Joffé por el cine histórico. Sus obras suelen estar estructuradas entorno a una amistad, que es otra perspectiva alternativa a las clásicas historias de amor. Surgen así, de modo natural, valores como la lealtad o el sentido del compromiso, cuyas dramáticas dinámicas consiguen exactamente lo que el director se propone: conmover al espectador y arrastrarse a cuestionarse por su propia existencia y por su propia vida.

Suelo utilizar Los gritos del silencio como apoyatura para mi asignatura de Claves Históricas del Mundo Actual. Año tras año, me maravillo del efecto contundente que sigue teniendo para las nuevas generaciones de estudiantes, que han crecido en circunstancias ya tan diversas del momento de su creación hace ya más de treinta años –es decir, una generación atrás. Me pregunto cada año por qué la película tiene tanto impacto en los estudiantes, y, honestamente, no acabo de comprender el porqué. Pienso que hay algo en esa película que nos atañe a todos y que tiene que ver con la capacidad de comprometerse por alguna causa que merezca la pena, el ansia por ser útiles a los demás a través de nuestro trabajo, la profundidad de la amistad entre los dos protagonista, la resistencia a dejarse atrapar por lo políticamente correcto y, finalmente, la reacción frente a todo lo que sea una vida plana y sin preguntarse por las cuestiones de fondo de nuestra existencia.

Otra de las constantes de las películas de Joffé es la idea de redención, estrictamente relacionada con la idea del perdón. Rodrigo Mendoza, el co-protagonista de La misión interpretado por Robert de Niro, mata a su hermano por celos, y es rescatado por el Padre Gabriel, el jesuita de aspecto aristocrático interpretado por Jeremy Irons. Rodrigo decide emprender una nueva vida, que borre la anterior, y para esto se propone trasladarse a La misión, en un viaje lleno de dificultades por lo escarpado del paisaje, llevando un fardo pesadísimo a sus espaldas, compuesto de todas las cosas que simbolizan su vida pasada, especialmente el escudo, las armas y las redes con las que capturaba a los indios de la zona para capturarlos, llevarlos en cautividad al pueblo y venderlos ahí como esclavos.

Después de un agitado viaje, llega por fin a La misión. Ahí Rodrigo es deliberadamente abandonado momentáneamente por el Padre Gabriel, ante la mirada violenta e inquisitorial de la tribu que había sido objeto de su violencia brutal poco tiempo antes. Se acerca entonces uno de los indígenas con el cuchillo, y en lugar de vengarse por la muerte de sus congéneres, corta el fardo que Rodrigo tenía colgado en su cuello y le libera de ese peso. Para mí, ese gesto es una explicación magistral del efecto que la evangelización había empezado a tener entre los indígenas: la capacidad de perdonar sin esperar nada a cambio, un perdón que va mucho más allá del simple olvido o de la simple petición de justicia, y que se convierte en capacidad de redención y de misericordia. Ese gesto es una interpretación extraordinariamente sintética del significado del cristianismo. Para profundizar en el cristianismo es ciertamente necesario recibir instrucción y probablemente leer muchos libros, pero muchas veces los grandes artistas son capaces de transmitir las realidades más profundas a través de unas cuantas secuencias bien narradas. Pero para eso, el artista que está detrás tiene que haber dejado atrás sus propios fardos, abandonar la mediocridad y afrontar las grandes preguntas. Joffé actúa aquí como el verdadero humanista que todos llevamos (o deberíamos llevar) dentro. Una lección para todos nosotros, cualquiera que sea nuestro quehacer y nuestro trabajo.

Foto: Manuel Castells.

Jaume Aurell
Catedrático de Historia Medieval por la Universidad de Navarra, investigador en las universidades de Berkeley y UCLA, en Estados Unidos, y autor de La escritura de la memoria. De los positivismos a los postmodernismos (2005). Dirige el Instituto de Empresa y Humanismo de la Universidad de Navarra.

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